EL DÍA DE CÓRDOBA En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Venezuela sufre. El régimen iniciado por Hugo Chávez (formalmente democrático, verdaderamente autoritario, de supuesta extracción revolucionaria, sostenido económicamente por las rentas del petróleo) está agotado. Chávez salvaba las dificultades y contradicciones del régimen porque su histrionismo convivía con una personalidad carismática y gran parte del pueblo arropaba su liderazgo. Maduro no salva ni los muebles porque su histrionismo es vacío, solo exageración y pompa, sin más carisma que el ridículo y la mayor parte de su pueblo sufre una angustia económica y vital extraordinaria.

La crisis de Venezuela es una oportunidad pare enterrar el chavismo, pero envenenada. Sobre el tapete de la mesa se han dispuesto unas cartas que dan opciones a las partes que se enfrentan allí y que sirven de excusa para que los contendientes globales enseñen sus dientes. Estados Unidos, con su actual administración alocada, la región de América Latina (más o menos identificada con la OEA), Rusia, China y nosotros, Europa. Por un lado, los extremos: Estados Unidos reconoce como legítimo al presidente encargado (algo así como interino) Guaidó. Rusia y China, por distintos motivos, no y sostienen a Maduro. La región latinoamericana, la OEA, harta de las bravatas de Maduro y de la inestabilidad que producen sus estrambóticas alianzas internacionales en la zona, además de conocedora cierta de la penosa situación de los venezolanos, a dos pasos de la emergencia humanitaria, quiere a Maduro fuera y ya, como sea. Ese como sea es lo que me preocupa, por eso creo que la UE, a pesar de comunicar muy mal, está tomando la decisión correcta: exigir elecciones inmediatas y, si no, reconocimiento al nuevo presidente para restaurar la democracia.

En mi opinión, Maduro sobra desde antes de que pudiésemos valorar el lastre que es, como sobraba todo el régimen chavista que ha llevado a Venezuela al desastre social y al colapso económico, pero el imperio de la ley exige una formalidad: salir del atolladero sin dudas de legitimidad, a pesar de que el tirano (es más correcta esta definición para el dictador que se viste de demócrata) haya dinamitado antes todo resquicio democrático. Es muy frágil el sostén constitucional de Guaidó, presidente encargado por serlo de la Asamblea ante la ausencia absoluta de presidente electo (la oposición y gran parte de la comunidad internacional no reconocen la elección de Maduro en el 2018). La Unión es práctica, porque además se separa de la pelea de gallos que quieren reinaugurar Trump y Putin con cualquier excusa. Elecciones garantizadas ya como última oportunidad que Maduro rechazará y, entonces, que sean él, su pajarito y sus viajes en el tiempo cosas del pasado. Y que Venezuela respire. Ojalá.

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