EL DÍA DE CÓRDOBA En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Si tienen la suerte de tener en casa algún preuniversitario, ¡qué término más antiguo!, les supongo estos días viéndolo poco, entendiéndolo mucho, hablando hasta bajito. Sí, es la Selectividad, o como se llame ahora, Prueba de Evaluación del Bachillerato para el Acceso a la Universidad. Esta semana comienza aquí. Es posiblemente la primera vez que se enfrentan al mundo algo más adulto, con requerimientos externos, más o menos lógicos, pero impuestos. Es un punto de inflexión, pautado de antemano en el tiempo, para el que llevan organizando su agenda los dos últimos cursos y, con mucha más importancia, el último. No va a ser éste un artículo que analice la bondad o maldad de esta prueba, ni su utilidad al respecto de nuestro sistema universitario. Ni siquiera la conveniencia de un único examen, con idénticas fechas, para todo el territorio, para evitar diferencias de nivel y criterio. Lo que me interesa es la inflexión ésa que refería: el momento, algo más, adulto.

Solemos tener a los muchachos entre algodones. Y les damos cobijo cuando las cosas se ponen duras, para evitarles que sepan que efectivamente es así, que las cosas se ponen duras. Comprendo la preocupación de muchos padres por sus hijos examinandos, para que pasen, para que lo hagan además con la nota suficiente que les dé para elegir lo que quieren. Lo que no comparto es que se conviertan esos mismos padres en críticos de la dureza de la prueba, en que repitan como loros que hay que ver lo cansados que están sus hijos, que el tute que se están dando, que vaya tela con la selectividad.

El razonamiento debería ser otro. El mismo que nos hacemos a nosotros mismos cuando cada mañana salimos a la calle a ganarnos la vida, con todos sus obstáculos e insidias, con todas sus trampas y dificultades, pero también con todas sus luces y éxitos, con todas las ambiciones y sueños, con toda la ilusión, a pesar de lo empinada que pueda ponerse la cuesta. El razonamiento debería ser entonces: tranquilo, aunque no lo estés, y eso es bueno, porque hay que tener el vértigo de las cosas importantes; y al tajo, que es lo que toca, sin darte paños calientes ni excusas y sin tener una medalla dorada por hacer lo que debes hacer por ti mismo.

Es quitarle hierro al hierro, porque lo que viene ya, después de esto, es, con todos los matices del mundo y no de forma constante, aunque sí permanente, hierro. Asumir ese hierro, progresiva y gradualmente, y adaptarlo con esfuerzo es lo que nos ha traído hasta aquí, hasta este momento, que ahora es el suyo, el del comienzo de la vida real, de la vida (algo más) adulta. Si permitimos que no lo sufran y, por superarlo, lo gocen, les estaremos encadenando a una niñez que ya se ha ido biológicamente y que precisan dejar atrás intelectualmente. Y calma y suerte, que no es para tanto. Lo que viene es mejor.

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