La crisis sanitaria que nos viene azotando todo este año y sus terribles consecuencias, ha evidenciado muchas cosas, entre otras, que no estamos acostumbrados a renunciar, a hacer esfuerzos y a decir que no a planes cuando estos nos apetecen muchísimo; de ahí, el reconocimiento, por extraordinario, al civismo mostrado durante meses. Ahora, lamentablemente siento que se nos da mejor la limitación impuesta, obedecer normas mejor que seguir indicaciones o recomendaciones. Que somos capaces de esgrimir grandes argumentaciones para convencer y convencernos, en medio de todo esto, de la viabilidad de llevar a cabo nuestro plan, nuestro propósito. Justificarnos. Nos manejamos bien minimizando el riesgo, relativizando la exposición y el peligro cuando realmente nos interesa.

Nos vanagloriamos de ser responsables hasta que toca desechar planes irrenunciables. Y eso, que nos pasa a todos, lo afeamos de manera directa, dura y rotunda a los jóvenes. Cargamos contra ellos como si fueran los únicos que intentan por todos los medios seguir con las quedadas, los planes y, hacer. Hay quien dijo que no tenía ninguna esperanza en el futuro de nuestro país si la juventud de hoy toma mañana el poder, porque esta juventud es insoportable, a veces, desenfrenada, simplemente horrible. Esa afirmación no es de estas semanas -que también-, la dijo Hesíodo en el año 720 A.C. y Sócrates hace más de veinticinco siglos ya mantenía que la juventud es maleducada, desprecia la autoridad, no respeta a sus mayores. Y así, Aristóteles, Horacio o Platón valoraron la juventud de sus épocas en ese mismo tono. La brecha intergeneracional.

El psiquiatra y psicoterapeuta Carl Gustav Jung nos advertía de que, si existiera algo que quisiéramos cambiar en los jóvenes, en primer lugar, deberíamos examinarlo y observar si no es algo que podríamos cambiar en nosotros mismos. Justo en eso pensé cuando leí al alcalde advertir muy seriamente a nuestros jóvenes de lo tajante que sería este fin de semana con el ocio nocturno, que ahora sí que iban a estar vigilantes, que él no haría botellón este fin de semana. Curiosa la advertencia para hacer cumplir una ley de 2006, curioso lo laxo, lo permisivos y lo tolerantes hasta ahora con lo prohibido. Para reflexionar. Pero en su lugar, cargamos contra la juventud, la condenamos. Ahora y a lo largo de la historia los criticamos, obviando que todos y los de todas las épocas, comparten por edad y condición, una sensación por encima de todas, la invulnerabilidad.

Pasarán pandemias, pasarán los miedos, pasaran los siglos y ellos seguirán sintiendo que no son susceptibles de ser heridos y el mundo los seguirá cuestionando y los que vengan así continuarán.

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