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Educación e ideología

Nada de esto pasaría si se aplicase el sentido común y las normas generalmente admitidas por la mayoría

Como era de esperar, el flamante Gobierno social populista no ha tardado nada en poner el ojo en la educación, y lo ha hecho a su manera, introduciendo desde primera hora la cuestión ideológica ("los hijos no pertenecen a los padres…", Celaá dixit) y amenazando con derramar su ética más bien líquida sobre los sufridos programas académicos de los colegios. Para tentarse de la ropa, si tenemos que fiar la educación cívica de nuestros niños a los designios morales de Pablo Iglesias y compañía. Si hasta ahora el gran problema de la educación española era el tratamiento de la asignatura de religión, ahora es la educación en (sus) valores. Como si el excedente de egresados sin futuro, el desinterés por la formación profesional o el fracaso escolar, pongamos por caso, no fueran asunto nuestro.

A esta pulsión doctrinaria de la izquierda desbocada, donde la ideología de género ocupa un lugar tan destacado como excesivo, le ha salido respondona la derecha con el llamado pin parental, a modo de mecanismo defensivo patentado por Vox y colado de rondón en sus acuerdos regionales de gobierno, y que sus socios tratan de asimilar como pueden dentro del marasmo de regulaciones educativas a su cargo. Aquí los de Abascal han tomado la delantera a los demás abanderando una cuestión que no es nueva, el derecho de los padres a controlar la educación pública (o concertada, que para el caso lo mismo es) que reciben del Estado sus hijos, en una interpretación en mi opinión extensiva del art. 27 de la Constitución que, me da la impresión, Pablo Casado ha acogido con más pasión que convencimiento.

Nada de esto pasaría si unos y otros aplicaran el sentido común y las normas de conducta generalmente admitidas por la mayoría, y dejaran de imponer a los demás sus muy respetables criterios éticos y morales, pero que legítimamente pueden no ser correspondidos por otros. A los padres, mayoritariamente, lo que les interesa es que sus hijos salgan de la escuela con una formación humana e intelectual sólida, con independencia de la ideología particular de cada uno. Y esto depende sobre todo de la calidad y compromiso con su profesión de profesores y directores de centros, y no de lo que se le ocurra a la ministra de turno. Lo demás es fuego de artificio que disimula pero no ataca los verdaderos problemas, lo propio de una política infantil e irresponsable. Así nos va.

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