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Libros | Manuel Hernández Silva Así la pluma como la batuta

  • El todavía director titular de la Orquesta Filarmónica de Málaga, Manuel Hernández Silva, publica su libro de memorias, ‘Deshabitando el alma’

Manuel Hernández Silva, en el Teatro Cervantes de Málaga. Manuel Hernández Silva, en el Teatro Cervantes de Málaga.

Manuel Hernández Silva, en el Teatro Cervantes de Málaga. / Javier Albiñana (Málaga)

Recuerda Manuel Hernández Silva (Caracas, 1962) aquella vez en que, “mientras decidía dónde irme a estudiar música, si a USA o a Europa, me inscribí en la escuela de letras de la Universidad Central de Venezuela. Allí estuve el primer curso que aprobé con sobresaliente, pues conseguí un 18 sobre 20 en lingüística, lo cual era muy difícil porque era el hueso duro de la carrera”. Que nuestro hombre, uno de los directores de orquesta de mayor proyección internacional de su generación, bien hubiera podido desarrollar una trayectoria literaria tan notable como la musical era un secreto bien guardado. Hasta ahora: Hernández Silva acaba de publicar Deshabitando el alma (Kálathos), un libro de memorias de sorprendente aspiración literaria y que, de alguna forma, entraña una suerte de despedida. El autor dejará de ser el mes que viene el director titular de la Orquesta Filarmónica de Málaga, en un trance de regusto agrio ya que la crisis del coronavirus le ha impedido llevar a buen fin su última temporada al frente, dedicada a Beethoven en su 250 aniversario; la misma epidemia ha malogrado la presentación del libro en la ciudad, pero Hernández Silva no ceja en su empeño de que esta obra constituya un adiós especial a una Málaga en la que deja una huella, seguro, duradera: en este tiempo, el director ha logrado un incremento notable del número de abonados hasta convertir a la OFM en la mayor de Andalucía en lo que a este indicador se refiere, al tiempo que ha expresado de manera directa y sin medias tintas la necesidad urgente del Auditorio. Con Deshabitando el alma, Hernández Silva ofrece ahora un retrato de sí mismo a base de palabras. Con tanta eficacia como si de la batuta, en su caso, se tratase.

Portada del volumen. Portada del volumen.

Portada del volumen. / Kálathos Ediciones

Quien ha seguido su actividad musical en Málaga ha podido advertir una mescolanza singular en el carácter y el proceder de Hernández Silva, donde conviven el amor por la música popular venezolana, heredado directamente de su familia, con la rectitud clásica adquirida durante sus años de formación en Viena. Deshabitando el alma, prologado por José Francisco Burgos, gira en torno a este eje, desde los años de infancia en Zaraza e Higuerote (con personajes impagables como el abuelo Tetente) antes del descubrimiento fascinante de Caracas mientras la música popular se revela como la primera gran pasión del protagonista (“Cuatro, maracas, violín y viola, esos fueron mis instrumentos”) antes de la iniciación a la música clásica de la mano del Maestro Friedman. Después, el joven Hernández Silva estudiante de letras encontró la oportunidad de estudiar música, primero en EEUU, aunque sólo ocho meses después de su llegada a Hartford pudo hacer realidad su sueño y partir a Viena a formarse como músico, en la viola de la mano de Hans Ochsenhofer, solista de la Filarmónica, y en la dirección de orquesta junto a Reinhard Schwarz. En Viena conoció a quien sería uno de sus amigos más queridos, el musicólogo y guitarrista Faustino Núñez, quien algunos años después acabaría sirviéndole de puerta de entrada a España como director titular de orquesta, primero en Murcia y después en otras plazas como Córdoba y Málaga. Como afirma Hernández Silva en su libro, “Hoy soy, quizá, un milagro de todos los que me han querido”.

Nacionalizado español, el maestro no oculta su nostalgia por la Venezuela en la que vino al mundo, “la que nos ha sido hurtada por la sinrazón de unos pocos que se escudan en no sé cuál ideología para desangrar a un país mientras se atiborran la barriga y los bolsillos. Unos y otros”. Deshabitando el alma se lee, así, como se escucha una buena sinfonía: con atención a los detalles y dando las gracias.

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