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Es una ironía de la historia que la tercera moción de censura de la democracia haya coincidido con el cuadragésimo aniversario de las primeras elecciones libres tras la dictadura. Claro, uno mira los protagonistas de entonces y escarba en los de ahora y pasa lo que pasa. Un repaso rápido de la moción, aburrida y nada práctica, está condenado al fracaso, como la propia moción de marras, pero, aun así, resulta curioso entresacar que el presidente más anodino de la democracia se convierta en un superviviente hábil por la impericia de sus rivales. Es verdad que el relato de los casos de corrupción que denigran al Partido Popular, vehementemente expuesto con acierto por la portavoz de Podemos, es apabullante y debería en buena lógica haber desalojado electoralmente del poder a Rajoy. No ha ocurrido y no ha pasado porque ganó las elecciones, dos veces en dos años: la alternativa fue percibida más mala que un sisón. Lo demás son vainas o ensoñaciones.

Luego, la propia moción de Iglesias. Tengo que reconocer que me cuesta mucho soportar tanta soberbia desde la pureza ideológica. Se ha montado un discurso catastrófico que me resulta ya cansino. Antes, pudo pensarse que Podemos acertó en el diagnóstico crítico de los males del país, pero el vacío propositivo es de una dimensión tan enorme en lo que no acomete y tan poco elaborado en lo que enseña que coincido con la intervención de Rivera: no es un problema de ideología, sino de incompetencia. Desde mi punto de vista, Aitor Esteban le dio una lección de parlamentarismo brillante a Iglesias y marcó con claridad qué es y qué no una moción de censura, advirtiendo con acierto lo lejos que le quedaba La Moncloa y, se aventuraba, por mucho tiempo. Con todo, al final, el bagaje de sus apoyos se redujo a la inestimable colaboración de ERC, feliz por censurar no sólo al Gobierno sino al régimen (sic), y de EH Bildu, sin comentarios.

Hasta ese punto, conforme al guion: espectáculo, leña a la casta y el show de Hernando, lamentable como acostumbra. La novedad reside en que el nuevo PSOE, tras afear que pudo gobernar si Iglesias no mease colonia, ¡atención!, "recogió el guante" para explorar mayorías alternativas. ¿Mayorías alternativas? ¿Con Podemos, Bildu, ERC y la mismísima madre del topo? ¡Qué lástima! Iglesias no gana, pero confunde. Como confunde aguantar que los censurantes no sólo censuren a Rajoy, o al viejo PSOE, al nuevo, si se atranca, o a Ciudadanos, o a Oramas, Quevedo, y a todo aquel que les ponga frente a su espejo. Censuran esta democracia que en 40 años ha tenido errores, pero también muchísimos aciertos, y es una historia de éxito como país. Eso que llaman despectivamente régimen en efecto lo es, pero democrático, tanto que permite cinco largas horas de gloria insensata. Y lo que nos queda.

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