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Hace unas semanas, el catedrático de Derecho Constitucional Roberto Blanco Valdés -a cuyas clases, hace treinta años, yo asistía como alumno en la facultad de Derecho de Santiago cuando él era un jovencísimo profesor de la asignatura de Político y trataba de desasnar jurídicamente a legiones de gallegos aspirantes a juristas- publicó un libro de lectura obligada titulado Luz tras las tinieblas. Vindicación de la España constitucional en el que disecciona con precisión de cirujano los males que acechan a la nación española, sugiere fórmulas para combatirlos y reivindica las bondades, indiscutibles, del esquema de convivencia resultado de la Constitución del setenta y ocho y que nos ha permitido -permite aún, pese a las amenazas de un gobierno apuntalado por quien sólo aspira a dinamitarlo- disfrutar de la mejor España de la historia.

En este tiempo preelectoral es especialmente sugerente una de las ideas apuntadas en el libro, referente a lo que él denomina la suspensión voluntaria de la incredulidad. El ser humano tiende, y está bien que lo haga, a la incredulidad: casi todas las estafas están basadas en la creación de un clima de confianza, de necesidad o de dependencia que permite al estafador aprovecharse. Para, en lo político, recuperar esa suspensión de la incredulidad, y sabedores de que todos asumimos que no harán todo lo que dicen, los partidos habrán de afanarse en acercar los hechos a las palabras, en aproximar lo prometido en mítines y en programas electorales a lo ejecutado cuando disponen del poder. Si entre lo dicho y lo hecho la distancia se hace insalvable, resultará imposible atacar o corregir la incredulidad. Descendiendo al terreno de los hechos, a los votantes del Partido Popular nos resultaría infinitamente más sencillo suspender nuestra evidente propensión a la incredulidad acerca de las promesas de bajada masiva de impuestos si, por ejemplo y antes del día 28 de abril, nuestro flamante gobierno autonómico suprimiese de una vez (y ojalá para siempre) los impuestos de sucesiones, donaciones y de patrimonio.

Esa incredulidad innata, tanto mayor cuanto superior es el conocimiento, si no es corregida y combatida con hechos tiene algunos efectos tan perniciosos como la desmovilización, la desafección y, sobre todo, el posible éxito de populistas con eslóganes bien construidos y recetas simples para problemas complejos, imposibles de aplicar cuando no abiertamente falaces pero con el simple beneficio de la duda derivado de no haber gobernado nunca. Evidentemente Vox ha visto en esa incredulidad un caladero de votos importante, y sólo los hechos permitirán que no pesquen en él. No tengo duda de que veremos esos hechos que son los que justifican lo evidente: el único voto que sirve al objetivo de evitar un gobierno sanchista-podemista y a gobernar con un proyecto social y económico viable es, hoy, el voto al Partido Popular.

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