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A las veinticuatro horas del 31 de enero de 2020, a las veintitrés del Reino Unido, se marcharon. Se fueron. Se terminaron cuarenta y siete años de pertenencia a la Unión, aun cuando no se llamaba así. Y ya está. Fin. La locura desatada por esta decisión equivocada nos costará muchísimo. No solo dinero, que también, sino un verdadero capital en afectos, sentimientos de pertenencia y un sinfín de riesgos potenciales que aún no conocemos con exactitud. El viernes noche daba un poco de vergüenza ajena ver las celebraciones de los partidarios más radicales del Brexit en Parliament Square y, horas antes, mucha pena contemplar cómo se retiraban las banderas británicas de las sedes de las instituciones europeas. Nada que celebrar, me decía; no en mi nombre, publicaba en redes.

No sé con certeza qué ocurrirá. El hecho de que un acuerdo in extremis salvara la salida dura del Reino Unido nos da una prórroga a todos de once meses escasos donde apenas cambiará nada, aunque todo comience a tambalearse. Soy un optimista irredento en casi todo, pero reconozco que no veo ninguna oportunidad en el Brexit. Cuando descubro análisis que lo afrontan como una oportunidad para mejorar Europa, para entablar una nueva relación atlántica, o para cualquier otro reto histórico, me enervo: esto no es un reto histórico, sino un roto histórico. No es una oportunidad, sino que, tras el desastre, solo queda la necesidad y la obligación de minimizar el impacto de este desatino, parar esta vía de agua con la esperanza de sortear el hundimiento. El primer asalto en menos de un año: cerrar la nueva relación EU-UK en ese tiempo cuando casi no fuimos capaces de pactar la salida en tres, ¡poco halagüeño!

Problemas en el aire que afectan a la gente que vive su vida, extremo fundamental de lo que me preocupa, ya que las naciones, la soberanía y la seguridad jurídica se han estampado contra la realidad de la peor práctica política: Escocia, Irlanda del Norte, Gibraltar (por cierto, la única frontera terrestre continental con el Reino Unido, a un paso de cualquiera de nosotros), los españoles y demás europeos allí, los británicos de aquí, los que nos movemos… Nada claro, salvo que el mundo es redondo y rueda. Palabras grandilocuentes de uno y otro lado del Canal: os echamos de menos, pero estamos preparados; empieza una nueva era brillante. Palabras. Vacías. Ni puta idea, ni allí, ni aquí.

Boris Johnson llamó al Reino Unido a abrir un capítulo nuevo de su 'great national drama'. Verdad verdadera, un drama, aunque esa no sea la traducción real. Es lo que devuelve el espejo a los necios. Volveré pronto a Londres, antes incluso a Gibraltar, y en cualquier ocasión que tenga reivindicaré la unión que quizás no exista pero es inquebrantable: la de tanta gente europea, de uno y otro lado de la nueva frontera, jodida por tanto imbécil.

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