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Daniel disputaba a diario un partido de tenis contra la pared de la parte trasera del convento de la Divina Pastora de su pueblo. El deporte de la raqueta era su gran pasión. Había dejado los estudios tras acabar la EGB y una tarde sí y la otra también creía meterse en la piel de su ídolo, Björn Borg, para practicar contra ese gran frontón imaginando que las bolas que liftaba se las devolvían los más grandes rivales. Poco a poco fue depurando autodidácticamente una técnica elegante al estilo de la del campeón sueco, empuñando no cualquier raqueta, sino como Borg, una Donnay -hasta en eso lo imitaba-. Era una época, la de su adolescencia, en la que el tenis era un deporte minoritario en pueblos como el suyo. No había instalaciones apropiadas para jugar, por lo que él y sus amigos, a los que había contagiado su pasión tenística, se fabricaban las pistas en las que disputar sus particulares Roland Garros, Wimbledon o Open USA. Incluso convencieron al entonces concejal de Deportes de su pueblo para que les dejara pintar un perfecto campo de tenis en las instalaciones de la piscina municipal a cambio de poder jugar en el mismo cualquier día y en cualquier época del año. Como él, que se convertía en cada partido en un pequeño Björn Borg, Fran mutaba en John McEnroe, Manolo en Ivan Lendl, Carlos en Jimmy Connors y Julio en Ilie Nastase. Cada uno de ellos abrazaba el modelo de tenista que creía que más le representaba. Björn Borg -Daniel- era la superclase tenística personificada; John McEnroe -Fran-, el rock and roll, la rebeldía; Ivan Lendl -Manolo-, el señorío; Jimmy Connors -Carlos-, el desparpajo; e Ilie Nastase y Roscoe Tunner -Julio-, una mezcla de fuerza y técnica.

Los entonces adolescentes esperaban ansiosos a que llegara el fin de semana para jugar unos minicampeonatos en los que solía reinar el joven alumno aventajado de Björn Borg. Y en época de verano, el tenis se convertía en una religión a la que había que ser fiel a diario en el campo de la piscina municipal, por el que en fechas estivales aparecía Higinio, un catalán que visitaba por vacaciones ese pueblo -el de su mujer- y que quedó prendado del estilo con la raqueta de Daniel. Higinio, que pertenecía a un club de tenis en Barcelona, insistía en las posibilidades que habría tenido de llegar lejos el adolescente en el mundo de la raqueta si en vez de haber vivido en ese pueblo en el que el tenis era un deporte inexistente lo hubiera hecho en una ciudad. Higinio llevaba mucha razón. Ahora que tanto se habla de la Córdoba vaciada, del goteo sin prisa y a la vez sin pausa del despoblamiento de nuestros pueblos, un despoblamiento contra el que las administraciones pretenden luchar, Daniel Herrera es un ejemplo de la otra cara de esa moneda. Estoy convencido de que, como defendía Higinio, Daniel habría triunfado en el mundo del tenis si le hubieran brindado la oportunidad que por desgracia nunca tuvo en su pueblo.

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