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Controles. No hay otro remedio contra la corrupción, por mucho que griten los que ahora se proclaman incorruptibles

Sabe alguien lo que haría si un día se encontrase un maletín con veinte mil euros en un parque vacío? No, nadie lo sabe. Pensemos en un lugar sin testigos y sin cámaras de vigilancia, un lugar en el que uno pudiera actuar con total libertad. Un lugar en el que uno se hallase a solas con esa anticuada presencia que antes -¡antes!- se llamaba "la conciencia". ¿Qué haríamos? Algunos -muchos- se llevarían el maletín sin pensárselo dos veces. Otros -no muchos- también se lo llevarían, pero se asustarían a medio camino y volverían a dejarlo en su sitio (no sin antes haber quitado mil euros, digamos, por las molestias). Y sólo una persona de las que viera el maletín lo dejaría en su sitio. ¿Una? Bueno, quizá ninguna.

Por eso sorprende que haya tanta gente que despotrique contra la corrupción política como si jamás en la vida pudiera comportarse de forma inapropiada. O dicho de otro modo, como si esa gente poseyera una especie de antivirus moral que le impidiera aprovecharse de forma deshonesta del dinero público. Porque nadie está a salvo de hacerlo. Y hasta que uno no se vea en una situación que le permita ganar mucho dinero -o repartirlo de forma caprichosa para halagar su ego-, y además creyéndose a salvo de cualquier peligro, nadie sabe cómo va a comportarse de verdad. Conozco casos de poetas muy comprometidos que han exigido viajar en primera clase cuando les invitaba un organismo público. Y quizá eso no sea un caso de corrupción, no, pero me pregunto qué cosas podría llegar a hacer una persona así si tuviera que administrar el presupuesto de una Consejería. Unos cien millones de euros, por ejemplo.

Quizá lo que deberíamos hacer todos es reconocer que la naturaleza humana es corruptible, y que la corrupción política no depende de ideologías sino que es consustancial al ser humano, y quien más quien menos puede incurrir en ella en un momento u otro de su vida. Y por muchas razones: por codicia casi siempre, pero también por soberbia, o por miedo, o por envidia, o por una combinación diabólica de todas estas razones. Y justo por eso, la única herramienta que tenemos es redactar leyes y procedimientos administrativos que la hagan lo más complicada posible. Controles y más controles. No hay otro remedio, por mucho que griten los que ahora se proclaman incorruptibles aunque quizá hace ya mucho tiempo que dejaron de serlo.

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