Génesis | Crítica El nacimiento del (des)amor

En algún lugar a mitad de camino entre el Eustache de Mes petits amoureuses (1974) y el Garrel más desgarrado en su retrato de los amores primeros, difíciles o imposibles, el segundo largo del canadiense Philippe Lesage (Los demonios) le toma el pulso con indudable sensibilidad, distancia justa, juicio suspendido y fino sentido de la observación a los avatares de esas relaciones fundacionales que marcan una vida y se recuerdan con una pregnancia inusitada entre la ilusión y la amargura.

Amores de tanteo, de inexperiencia, de instinto, amores torpes y sinceros fraguados aquí primero en las historias paralelas de dos hermanos, Guillaume y Charlotte (Théodore Pellerin y Noée Abita), en sus respectivos ámbitos escolares y círculos de amistades, y luego, en una coda inesperada, en el destello entre dos preadolescentes que coinciden en un campamento de verano entre canoas, hogueras y guitarras.

En su triple trayecto, el filme no pierde la ocasión para apuntar a las políticas de segregación en la enseñanza como cortapisas para ese deseo que tiene que ver también con la construcción de la identidad y un determinado modelo social, aunque no es el suyo tanto un filme político como un relato universal de iniciación y tránsito generacional. 

Lesage sabe construir estos flujos de deseo con un lenguaje íntimo, cálido y cercano, bañado en la luz de Nicolas Canniccioni y acompasado por un selecto ramillete de canciones pop (a cargo de Le Tigre, Maus o Aldous Harding) que funcionan siempre como pulso, sístole y diástole de los cambiantes estados anímicos de unos jóvenes que buscan y desean sin encontrar del todo una respuesta satisfactoria. Génesis se va desplegando así en su propio tempo, sin forzar demasiado ese aprendizaje de la decepción que va irremediablemente unido a la experiencia del (primer) amor.