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En el tejado

F.J. Cantador

fcantador@eldiadecordoba.com

Aquel 13 de mayo de 2012

Hoy [cuando escribo estas líneas] es 13 de mayo y como cada 13 de mayo te recuerdo, Manolo. Nunca me quedé con tus apellidos. Yo simplemente te llamaba Manolo el del Azahara, por el nombre del bar que regentabas en Montilla. Eran tiempos en los que yo hice un kit-kat en el periódico para convertirme en el responsable del gabinete de prensa del Ayuntamiento de ese municipio en el que me llegué a integrar como un montillano más durante casi tres años. Añoro aquellas mañanas, que ya no volverán, en las que esperaba a que poca gente estuviera en el bar para acercarme y que me pusieras un desayuno que siempre me sabía a gloria, porque lo convertíamos en una tertulia musical en la que me enseñabas que el rock también es terapia, y en la que nunca faltaban vídeos de conciertos proyectados en la televisión. Tertulias que también eran formativas para mí porque, como enciclopedia del rock que eras, entre otros muchos, me descubriste en aquellos vídeos al blusero Joe Bonamassa y a la rockabilly Imelda May. Tertulia en que más de una vez me insististe en que cuando te sentías con las pilas bajas siempre escuchabas cualquier disco de The Beatles para recargártelas. Doy fe de que funciona esa terapia. Tertulias de desayuno a las que más de una vez invitaba al que llamé el Club de los Imposibles, ese que componíamos junto al más grande campanero que he conocido, Rafael Salido, y al corresponsal periodístico Francisco Moreno, que aportaban también algún descubrimiento que otro, como los rockeros Blood, Sweat and Tears.

En una de esas nuestras tertulias me preguntaste si tenía pensado ir el 13 de mayo de 2012 al concierto que Bruce, como le llamabas a Springsteen, iba a ofrecer en el Estadio Olímpico de la Cartuja de Sevilla, que tenías entrada. "Ya tengo con quien ir, con el mejor que podría ir", pensé. Nuestro viaje se convirtió ese día en una especie de road movie en la que en el choche nos empollamos una y otra vez el que era hasta entonces el último disco del Boss, su decimoséptimo de estudio, Wrecking Ball, un álbum muy en voga en estos días, ya que muestra a un Springsteen muy rabioso contra la crisis y defendiendo al más vulnerable, al que siempre sufre las consecuencias de una más que maltrecha economía, mientras otros parecen ni sentirla. Parecía que estaba predestinado que fuera el concierto de nuestras vidas. Nos colaron en la zona VIP y vivimos más de tres horas que jamás habíamos soñado vivir. Desde que empezaron los primeros acordes de Badlands, hasta que, después de 27 canciones, se apagaron los últimos de Tenth Avenue Freeze-Out. De vuelta a casa continuamos con nuestra tertulia, en este caso con Sprinsgteen como tema central. Poco tiempo después te marchaste. Cada 13 de mayo recuerdo aquel concierto de nuestras vidas.

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