Su propio afán

'Trece vidas'

Prefieren la tiranía de quedar engullidos en el viejo gineceo en lugar del terrible vértigo de sentirse responsables y libresYo haría un excelente mártir, como santo Tomás Moro, si tuviesen el detalle de anestesiarme antes

Ni siquiera en el pico de la ola de calor caí en la tentación de afirmar que el mejor invento de la humanidad es el aire acondicionado, aunque lo estimo tanto. Lo de rueda no es moco de pavo. Pero nada sustituye en mi podio a la anestesia. Uno no es impunemente hipocondríaco cruzado con epicúreo. En los momentos de fervor religioso, recuerdo a aquel personaje de Flannery O'Connor que afirmaba que su única posibilidad de ser santa (era una niña) consistía en el martirio, si iba rápido. Yo haría un excelente mártir, como santo Tomás Moro, si tuviesen el detalle de anestesiarme antes.

Siendo tan partidario, he disfrutado mucho de la película Trece vidas (Colin Farrell, 2022), sobre el rescate de los niños tailandeses y de su entrenador que quedaron atrapados en la cueva Tham Luang por el monzón en 2018. Mi hija Carmen, viéndola, suspiró incrédula: "Hay que ver cómo llueve por ahí y qué poco aquí". No quiero hacer spoiler o destripe del argumento, aunque, como el caso real tuvo una trascendencia global, más o menos se sabe. También lo del papel protagonista de la bendita anestesia.

Sobre la película, en cambio, tengo mis peros. Se concentra demasiado en la gesta de los hombres rana que los rescataron y pasa por encima de la convivencia de los chicos en la cueva y de la importancia que tuvo el heroico (y también joven) entrenador. La espiritualidad, el sentido de equipo, la austeridad y la amistad fueron esenciales. Es una pena que la película no lea ni una de las cartas que los chicos escribían a sus padres y que en los periódicos de entonces nos encogían el corazón. Y que no recree sus conversaciones. Nos lo perdemos.

A cambio, de los buzos conocemos todos los detalles, y se lo merecen, por su recio heroísmo, por su valor, por su sangre fría y por una caridad nada sentimentaloide, que se agradece por lo uno y por lo otro.

Afortunadamente, el director también se fija en unos voluntarios, muy alejados de los focos, y un tanto frikis, que se ponen a canalizar el agua de lluvia en la montaña para que no se filtre en la cueva. Ese trabajo devino esencial. Esta vez la frialdad de los guionistas y del director vienen de perlas. No seremos con suerte las víctimas inocentes ni daremos para héroes ni ejerceremos de políticos; pero muchas veces podremos ser los que se esfuerzan por desviar un pequeño curso de agua o similar. Y aunque no parezca nada glamuroso, resultaremos vitales.

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