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Cambio de sentido

Nueva normalidad

La 'nueva normalidad' se presenta con una preocupante dosis de cerrazón, egoísmo y desconcierto

De entre los eufemismos, contorsionismos perifrásticos, subjuntivos, condicionales, neologismos y engendros léxicos que en estos días nos caen de arriba, mi favorito es ese de nueva normalidad. Al cambio, en la lengua de la calle quiere decir "háganse a la idea, todo va a cambiar, a partir de ahora nada va a ser ni medio normal". En sí misma, esta no es mala noticia, ser animalitos de costumbres y rituales también presenta -digo yo- la ventaja de poder adaptarnos a nuevos modos, e incluso dejar caer viejas usanzas que ya no nos sostienen. En culturas de contacto como la nuestra nos va a costar trocar la cercanía en distancia, no hilvanarnos por el brazo, ni zalearnos, ni besarnos como solíamos. Con sabiduría, en los nuevos hábitos y ritmos podríamos hacer incluso de la necesidad virtud. Pero la nueva normalidad se presenta, además de con su maleta negra de muerte, ruina y brecha social, con una preocupante dosis de cerrazón, egoísmo y desconcierto.

En esta antesala de la nueva normalidad observamos una inclinación hacia el dislate, la contradicción continua y el odio histriónico, oportunamente cebado por el populismo ultramontano, que encuentra en ello su lógica ilógica y su caldo de cultivo. Es una y la misma, la señora desatada que increpa desde el balcón y la que le responde a gritos desde abajo que ella hace lo que le sale, faltaría. Es el mismo, el que a las siete hace una cacerolada, a las ocho aplaude, a las diez cuelga un crespón y a las doce lo tapa con farolillos. En el mismo partido, el PP, contemplamos posturas colaborativas y serias -la mayor parte de sus alcaldes y presidentes autonómicos- y posturas y postureos lamentables (mala idea, lo de la foto de Casado en un cuarto baño, mientras González Terol no cesa de bromear). Invitados al desconcierto -rehúsenlo-, embocamos el desconfinamiento.

De pronto, en nuestras vidas, ha pasado algo de veras. Algo no previsto, no agendado como todos esos eventos y pseudoacontecimientos con los que nos hacemos la ilusión de que realmente sucede algo. El coronavirus nos ha dejado, más que sin presente, sin Futuro, ese ideal hacia el que miramos todo el rato. Normal la conmoción en todos los órdenes, y normal que a tanta muerte acudan buitres. Normal la anormalidad. La nuevanormalidad será difícil llevarla a cabo con idiotes (en griego, quien va a lo suyo) y provechosa con una ciudadanía sensata, solidaria y libre. Cada cual elija de qué lado inclina la balanza de su nueva normalidad.

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