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Miedo escénico

El boato de políticos, autoridades religiosas y ricos siempre ha sido utilizado para establecer diferencias

En el mundo del fútbol es todo tan previsible que el denominado deporte rey no encuentra la forma de conseguir su ennoblecimiento a través de la literatura. Por mucho que se quiera apelar a la gesta de un equipo modesto ganando en el campo de un poderoso, no se trata más que de un episodio aislado, un accidente que suele utilizarse para dotar de credibilidad al sistema. En la denominada alta competición está todo atado y bien atado. No hay resquicio para la sorpresa. Es mucho el dinero que hay en juego, con lo que el romanticismo y el fair play hace tiempo que dejaron de estar presentes en el deporte profesional.

A esos nuevos intelectuales que son los comentaristas de acontecimientos deportivos se les atribuyen frases célebres como se suelen poner en boca de toreros como El Guerra, políticos como Winston Churchill o literatos senequistas como el poeta Fernando Villalón. Las sentencias y aforismos suelen, por su simplicidad y la socarronería que encierran, calar hondo entre las clases populares al no necesitar más que unos segundos de análisis para asumirlos.

Y como esto de las atribuciones no queda nunca del todo claro y se recurre al tópico, se atribuye a un ex jugador argentino, como no podría ser de otra manera, el término miedo escénico. Este engominado señor que gustaba de pasear por las concentraciones libros de Borges y Cortázar en tanto sus compañeros se entretenían oyendo raperos y música disco a través de los auriculares, tuvo el acierto de definir la sensación que un jugador modesto sentía al asomarse a un escenario que le resultaba grande, le sobrepasaba psíquicamente y le limitaba deportivamente. Esto no ocurre sólo en el mundo del deporte. El boato de políticos, autoridades religiosas y ricos en general siempre ha sido utilizado para establecer diferencias.

Un sentimiento parecido es el que siente el espectador normal ante los acontecimientos que acaparan los medios de comunicación en las últimas semanas. Informaciones dispares prohibiendo por un lado asistir a lugares públicos conviven junto a silencios preocupantes que pasan de puntillas ante actos y situaciones similares, aunque más comprometidas por su alto coste económico. Imagino que será una máxima de las escuelas de periodismo el hecho de que nada desinforma tanto como el exceso de información. A los demás, como siempre, no nos queda otra que seguir presos del miedo escénico.

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