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España huele a pueblo

Cuando la vida en la ciudad se hace imposible, siempre queda el lamento del volver al pueblo

Como dice la canción de Benito Moreno, España huele a pueblo, y más que nunca en el mes de agosto, en el que resurge en los españoles la vena pueblerina que llevamos dentro. En la memoria de todo españolito permanece un pueblo, el de nuestros padres o nuestros abuelos, aquél al que nos referimos sin necesidad de pronunciar su nombre; basta con decir el pueblo para que todos en casa traslademos nuestra mente a ese lugar, a veces abandonado, del que un día partieron con la idea de volver, pero que el tiempo se encargaría de forjar un imposible el retorno.

Ese pueblo permanece en nuestra mente como el espacio idílico que nos contaron nuestros padres, tal vez, un lugar de vacaciones en el que nuestra infancia parecía detenerse ante el paso del tiempo o el escenario en el que sentimos, por primera vez, que otras manos acariciaban las nuestras con el despertar de los sentidos. El español rezuma pueblo por todas partes. Cuando la vida en la ciudad se hace imposible, siempre queda el lamento del volver al pueblo, sin pensar que ya no nos sería posible vivir allí, que ni la vida rural es tan idílica ni nosotros estamos ya preparados para ello.

Mi pueblo de referencia es Umbrete, en el Aljarafe sevillano, camino de Huelva. Allí pasé los veranos de mi infancia junto a mis abuelos, allí me casé y están empadronados mis hijos. La cercanía a la capital me permite ir y venir, sin que haya dejado de ser mi paraíso nunca perdido, el escenario en el que mis recuerdos de infancia le asemejarían a mi verano azul. Hoy es San Bartolomé, la fiesta del Patrón, como en tantos otros pueblos de España, y los umbreteños se reafirman aún más en su forma de ser. Entrañables carreras de cintas en bicicleta, cucaña en la piscina municipal, toro de fuego, calles engalanadas para la procesión. Umbrete no se ha dejado comer por la capital y no es una ciudad dormitorio. Sigue siendo pueblo que huele a vendimia y aceitunas aliñadas, a la tierra mojada por el riego de los matos de verano, a jazmines al atardecer y a dama de noche cuando los vecinos se sientan a las puertas de sus casas para descabezar el sueño. Las campanas voltean alegres pregonando las fiestas o doblan dando la señal de que alguien ha muerto o un cabo de años. La vida todavía sigue a la medida del hombre, la siesta es sagrada y la jornada se rige por la hora del amanecer o del sol puesto. Bendito olor a pueblo.

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