En tránsito

Charlando con Billy Brag

Billy Bragg y yo defendíamos ideas antagónicas. Pero de pronto descubrimos que nos unían muchas cosas

El otro día, dentro de la programación del festival de música Monkey Week -no se lo pierdan-, tuve un encuentro online con el músico inglés Billy Bragg. Teníamos que charlar sobre la "cultura de la cancelación", según la cual se puede boicotear o incluso expulsar del puesto de trabajo a cualquier persona que haya expresado una idea que pueda ser considerada incómoda o desagradable. En un principio, la "cultura de la cancelación" estaba en manos de los movimientos de la izquierda radical (MeToo, Black Lives Matter), pero ha dado el salto, como era de esperar, y ahora se utiliza desde el otro bando: casi todo el trumpismo -chillón, despectivo- no es más que "cultura de la cancelación" con una bandera norteamericana en la mano.

Billy Bragg es un músico de conocidas ideas de izquierda. En los años 80 solía cantar en apoyo de las huelgas de mineros, y luego llegó a grabar una versión -magnífica- de La Internacional. También ha grabado, con los inconmensurables Wilco, una de las cumbres musicales de estos tiempos: la monumental Mermaid Avenue, con letras de Woody Guthrie. Billy Bragg se proclama socialista y está a favor (con ciertos matices) de la cultura de la cancelación, que para él es uno de los pocos medios con que podemos pararles los pies a los poderosos. Yo no lo tengo tan claro, y como pequeño burgués liberal (a lo Chaves Nogales), creo que es un movimiento que posee la dinámica diabólica de la Revolución Cultural china.

En principio, tanto Billy Bragg como yo defendíamos ideas antagónicas. Pero de pronto descubrimos que nos unían muchísimas más cosas que las que nos separaban. Aparte de nuestro amor a la música (de Woody Guthrie a los Small Faces o The Clash), también descubrimos nuestra devoción por la poesía de Thomas Hardy. A primera vista, según las normas tóxicas de la polarización, Billy Bragg y yo deberíamos ser enemigos. En cambio, los dos hemos descubierto que hay una corriente de afecto mutuo entre dos personas que tienen ideas políticas muy distintas. Hace pocos años, Billy Bragg musicó un bello poema de Thomas Hardy -El hombre al que mató- sobre un soldado que mata a otro en una batalla sabiendo que los dos podrían haber sido amigos si se hubieran llegado a conocer. En estos malditos tiempos de odio y de visceralidad, esta es la única verdad que debería preocuparnos.

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