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No, pero sí

Jesús nos da también lecciones laicas, y bastante mejores que las de Rimbaud

Es mala suerte que de todos los versos que se me podrían aplicar me haya caído encima uno de Rimbaud: Par délicatesse, j'ai perdu ma vie, esto es, que por delicadeza él perdió su vida, y yo la mía, ay, por delicadeza, aunque no por la misma clase de delicadeza, al menos. Me cuesta mucho decir que no a nadie o que mal, aunque luego se me nota que no me apetecía o no me gustaba demasiado, y eso sienta peor -por el resentimiento- que si hubiese dicho "no" cuando no me atrevía por no dar un disgusto y dije "vale".

Ya podría aprender de Jesús, que hacía lo contrario. Siempre me llamó mucho la atención que en las bodas de Caná le dijese a su madre, nada menos, que no pensaba hacer el milagro de convertir el agua en vino. ¡Y era en vino, hombre, y encima excelente! Pero respondió que todavía no era su hora, ea, bien seco. Aunque luego fue y lo hizo de la mejor manera posible. Su madre, por otra parte, no se había inmutado por el corte. Se ve que le conocía bien.

No sé por qué no había relacionado hasta ahora ese episodio con una parábola que no terminaba de entusiasmar a mi madre. La del padre de dos que les pide que vayan a la viña y uno dice: "Oh, sí, claro, ahora mismito" y se olvida; y el otro responde: "Ni loco, yo paso" y va. Mi madre quería que dijésemos que sí, sonriéndole muchísimo y que fuésemos al instante. Jesús alabó al que no, pero sí; que era exactamente lo que hizo en Caná Él mismo. Al otro, tan delicado y complaciente, el del "sí, pero no", no lo aplaudió, ay, y ésa es, más o menos, mi delicadeza o debilidad.

Lo interesante es que Cristo, tan trinitario, tiene querencia por el "no hay dos sin tres". Ambas ocasiones, la biográfica y la parabólica, apuntan a su oración en el Huerto de los Olivos, donde vuelve a decir "No, pero sí", esta vez al Padre. Le ruega que pase el cáliz, aunque si no queda más remedio lo beberá, como lo bebió, aunque no era su voluntad. Las ocasiones previas son prefiguraciones de esa hora suprema; y remiten no a la brusca contestación momentánea, sino a aquellas misiones que nos superan y que, en principio, nos parecen insufribles, aunque luego, tirando de gracia e intercesión mariana, se hacen.

Con todo, a mí también me sirven de lección cotidiana y laica. Hay que decir que no, incluso rudamente. Mejor una vez colorado que ir de amarillo en amarillo. A ver si recupero la vida siendo un poco más áspero, como el dulce Maestro.

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