La nueva normalidad

El Gobierno puede patalear, llorar, exigir o suplicar que se cumpla la legalidad internacional, pero habrá que hacer algo más, porque ninguno de los países más poderosos del planeta está por esa labor

Donald Trump, presidente de EEUU, atiende a los medios en la Casa Blanca.
Jim Lo Scalzo / Efe

El ataque a Irán por fuerzas militares norteamericanas e israelíes no cuenta con la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, un aval teóricamente necesario para legalizar el uso de la fuerza contra una nación soberana… pero imposible de conseguir por culpa del derecho de veto de que gozan China y Rusia, ambos aliados del régimen teocrático. Por no tener, la contienda que acaba de comenzar ni siquiera tiene el respaldo del Congreso de los EEUU, a quien constitucionalmente corresponde la potestad de declarar la guerra.

Y, sin embargo, la guerra está ahí. Ante esa realidad, nuestro Gobierno puede patalear, llorar, exigir o suplicar que se cumpla la legalidad internacional. Pero habrá que hacer algo más, porque ninguno de los países más poderosos del planeta está por esa labor. Nos guste o no, lo que hoy ocurre en Ucrania, en el mar de China Meridional o en Oriente Próximo es la nueva normalidad. Vladimir Putin asegura que donde ponga las botas un soldado ruso, eso es Rusia. Xi Jinping insiste en que la mítica “línea de los nueve puntos”, trazada nada menos que con la autoridad de la dinastía Qing, prevalece sobre el derecho del mar. Trump, de largo el más descarado de los tres –aunque no el peor– asegura que en los asuntos internacionales no tiene en cuenta la legalidad vigente, sino que se deja guiar por su propia moralidad.

Aunque para contradecir a nuestro Gobierno bastaría con las palabras y los hechos de los tres grandes aspirantes a emperadores que hay hoy sobre la Tierra, no son solo ellos los que han decidido enterrar la legalidad internacional. Hay toda una corte de aliados, grandes y pequeños, capaces de justificar las decisiones de los países más poderosos cuando les parezcan convenientes. Siempre, por supuesto, en aras de ese extraño bien común que ampara los bombardeos de Ucrania pero no los de Irán o viceversa, según el cristal con el que cada uno mira.

No se debe criticar al muerto en el día de su entierro, pero hay que reconocer que el orden recién fallecido tenía sus defectos. El más grave era que, con el justificado fin de prevenir la guerra, había protegido la soberanía de las naciones hasta un punto tal que dejaba a los pueblos indefensos, en manos de los peores de sus gobernantes. Admitamos–no se consuela el que no quiere– que, ahora que la Carta de la ONU ha pasado a mejor vida, líderes malvados como lo fueron Maduro y Jamenei no se sentirán tan impunes como el pasado.

Admitamos también que, a pesar de la indignación del presidente Sánchez, la guerra en Irán va a continuar. Dejemos pues para otro rato las consideraciones jurídicas y vayamos a la práctica. ¿Servirá al menos para algo el derramamiento de sangre, el atropello del orden internacional o el frenazo a la economía que siempre viene de la mano de las crisis en torno al estrecho de Ormuz, por el que circula la quinta parte del petróleo que consume la humanidad?

Las guerras se sabe como empiezan, pero no como acaban. Churchill dejó escrito que no se llegaría al conflicto armado si ambos bandos no pensaran que tienen posibilidades de ganar. Las cartas de Trump y Netanyahu están a la vista, y han logrado importantes objetivos bélicos en los primeros días de combates, desde descabezar al régimen islámico hasta, ya en el entorno específicamente militar, eliminar su defensa aérea, reducir su arsenal de misiles balísticos y, aunque en absoluto era un objetivo crítico, hundir buena parte de sus buques de guerra.

Las cartas de la República Islámica, sin embargo, no son tan obvias. Sus bazas no están en sus misiles balísticos, que solo tienen protagonismo en los medios de comunicación. Ellos apuestan por el espacio –Irán es cinco mil veces más grande que la franja de Gaza– y el tiempo. Hamas resistió dos años de bombardeos y solo claudicó a medias ante las botas del ejército israelí. Las élites iraníes saben que Trump no tiene ni dos meses para alcanzar una victoria sin, para más inri, poner un solo soldado sobre el terreno.

La apuesta estratégica de Trump y Netanyahu pasa por un levantamiento popular. Eso equivale a soñar con que sean civiles desarmados quienes reemplacen a su infantería. No estoy seguro de que vaya a funcionar. El chiismo es muy fuerte en Irán, y una cosa es protestar por la carestía de la vida, la imposición del velo islámico o la falta de libertades y otra ponerse de lado de Israel, el enemigo declarado de la mayoría de los musulmanes. Además, la crueldad extrema con la que las milicias integradas en la Guardia Revolucionaria reprimieron las manifestaciones de principios de año, seguramente parecerá un juego de niños ahora que el régimen no solo acusa a los manifestantes de estar al servicio de Israel, sino que tiene la palabra de Netanyahu para probarlo.

La guerra de Irán puede terminar muy mal. A Netanyahu seguramente no le importaría provocar en Irán una guerra civil como la de Siria, de la que Israel es uno de los pocos países del mundo que sacó provecho. Pero, afortunadamente, Trump no puede permitirse ese lujo. Y eso permite que soñemos con un final mejor. Quizá dentro de esas cuatro semanas que el republicano ha dicho que durará la guerra vuelva a realizar la jugada que puso fin a la guerra de los Doce Días: contentarse con lo que haya podido lograr, cantar victoria, obligar a Netanyahu a dar por terminados los bombardeos y sumar una más a la larga relación de contiendas que dice haber parado.

¿Qué la guerra de los Doce Días no sirvió para nada? Ya, pero el magnate confía tanto en la desmemoria de quienes van a votar la renovación del Congreso y parte del Senado en el próximo mes de noviembre que no le importa volver a asustarnos con el programa nuclear iraní ocho meses después de jurarnos que lo había destruido para siempre.

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