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Tribuna Económica

Gumersindo Ruiz

En qué somos los mejores y en qué no

El informe que elabora el World Economic Forum (WEF) sigue la competitividad de los países a través de un conjunto de indicadores de su economía y sociedad. España avanza cuatro posiciones en este año y es el número 23 de los 141 países que se consideran. Somos número uno del mundo en cuatro indicadores: salud, conectividad de las carreteras, precios al consumo, y equilibrio en la relación entre ahorro y crédito bancario. Y estamos entre los diez primeros en confianza en los servicios de la policía, forma en que se participa en los asuntos públicos, adhesión a acuerdos sobre medio ambiente, infraestructura (de trenes, aeropuertos, acceso a la electricidad), apertura comercial, e instituciones de investigación (aunque no en su aplicación a la producción).

Pienso que cuando se habla de reformas el informe del WEF puede ayudar a que los programas y políticas de los partidos sean más coherentes, pues dentro de cada indicador hay complejidad y contradicciones. Por ejemplo, en el mercado de trabajo estamos regular (puesto 61), y se valoran como inadecuadas las prácticas de contratar y despedir, así como la poca flexibilidad en la determinación del salario; pero, por otra parte, se detecta una deficiente integración del trabajador en la empresa y una mala formación dentro de la misma. Llama la atención que la falta de formación práctica de los trabajadores futuros sea peor que la de los actuales, con una pobre adaptación a las exigencias de esos trabajos del futuro; también sale mal parada la cultura y actitud empresarial en cuanto a asumir riesgo, delegar autoridad, gestión profesionalizada, crecimiento de empresas innovadoras y las que toman ideas nuevas y las incorporan a su actividad; además, las políticas de mercado de trabajo no son eficaces, y hay escasa movilidad de la mano de obra. Se da la paradoja de que tenemos un mercado de trabajo poco flexible, pero donde el indicador de los derechos de los trabajadores tampoco es bueno, y no se paga de acuerdo con la productividad. Pero, por encima de todo, lo peor para los trabajadores españoles es que soportan -entre renta y seguridad social- los impuestos sobre el trabajo más elevados del mundo (puesto 133 sobre 141).

Una idea, que puede extenderse a otros asuntos de nuestra economía y sociedad, es la complejidad de las reformas, y lo engañoso que es decir: flexibilizo o no las condiciones en el mercado laboral, bajo o subo los impuestos, cambio los contenidos de la formación, porque todo está relacionado, y no puede pedirse movilidad al trabajo, por ejemplo, si no hay disponibilidad de vivienda en alquiler. Deberíamos empezar a apreciar los programas de partidos que enfoquen los problemas con la complejidad y dificultad que tienen, y no fiarnos de los que dan soluciones justificadas en teorías económicas de competitividad simplistas -es muy bueno el libro de Binyamin Appelbaum: La hora de los economistas: falsos profetas, mercados libres y la fractura de la sociedad, y el título ya lo dice todo-. En lo que hemos visto del mercado de trabajo, la mejora es responsabilidad de los empresarios, de los trabajadores, y pública, y esto no es un relativismo sino plantear el problema y resolverlo con todos sus datos, y todas sus variables.

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