Semana del Donante del Hospital Reina Sofía “El trasplante ha sido un regalo, me ha cambiado la vida”

  • El camino de Miguel Granados y Carlos Zayas después de recibir un hígado no ha sido fácil; uno ya lleva una vida plena, el otro aún lucha contra las complicaciones

Lucía Jurado y Miguel Granados. Lucía Jurado y Miguel Granados.

Lucía Jurado y Miguel Granados. / Juan Ayala

Enfrentarse a un trasplante de órganos cambia la vida, provoca sentimientos encontrados como la alegría y el miedo y, sobre todo, supone una carrera de fondo que a veces está llena de obstáculos que con fuerza y voluntad se van superando uno tras otro. Los cordobeses Carlos Zayas y Miguel Granados son un ejemplo de que a veces el trasplante llega con complicaciones posteriores que no quitan ni un ápice de importancia al solidario gesto de la donación.

Los dos han recibido un hígado (Miguel también un riñón) de un donante que les ha ayudado a superar las enfermedades que tenían. El primero aún batalla contra esos problemas derivados de la operación. El segundo los superó y ahora disfruta de una vida plena. Y ambos agradecen una y otra vez su trabajo al equipo médico del Hospital Reina Sofía y su generosidad a sus donantes.

Miguel Granados vivió un doble trasplante, de riñón y de hígado, cuando estaba en código cero. “Estaba agotando las posibilidades”, asegura. En su familia hay una enfermedad hereditaria, la poliquistosis (en su caso hepatorrenal) que Miguel sobrellevó hasta que en noviembre de 2009 lo hospitalizaron para extirparle algunos quistes del hígado ya que “tenía el vientre muy voluminoso, con un hígado de 12 kilos y dos riñones de seis kilos cada uno”.

"Soy creyente y me sirvió mucho agarrarme a mi fe para sobrellevar todo este calvario", dice Miguel

Los médicos trataron de aliviarle esa presión, pero la operación no salió bien, de forma que comenzó a tener ascitis (acumulación de líquido en el abdomen). “Fui en decadencia absoluta y también comencé en diálisis”, apunta este cordobés, que estuvo tres meses hospitalizado.

Decidieron que la única solución era un trasplante y lo metieron en lista de espera. Como su salud iba empeorando pasó a código uno y de ahí a código cero. Por fin, el 8 de febrero de 2010, con 62 años, recibió el trasplante. “Me dijeron que al lunes no llegaba y el domingo por la mañana lo trasplantaron”, señala su mujer, Lucía Jurado.

Antes de que lo interviniesen, la vida de Miguel era “muy complicada” porque tenía muchos cólicos nefríticos (entre cinco y siete al año y algunos le duraban hasta 14 días) y no descansaba bien por las noches porque le dolían los riñones, lo que incidía también en su trabajo. Debido a sus condiciones físicas le dieron la incapacidad unos años antes del trasplante.

Vivió un empeoramiento progresivo: no comía nada y perdió mucho peso, de forma que cuando entró en quirófano para el trasplante pesaba menos de 40 kilos. “Me sentía muy débil y creía que no iba a superarlo”, confiesa.

De hecho, los médicos les dijeron a él y a su familia que “tenía pocas posibilidades de salir”. Sin embargo, salió adelante. “Yo soy creyente y me sirvió mucho agarrarme a mi fe; eso me ayudó muchísimo a sobrellevar todo este calvario”, apunta Miguel.

Hubo complicaciones porque cuando lo trasplantaron la intervención fue muy rápida –en su estado físico no aguantaría una operación larga– y a las 12 horas tuvo una hemorragia porque una de sus arterias no estaba bien conectada, de forma que lo abrieron otra vez.

A los ocho días, mientras estaba en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), otra hemorragia “de gota a gota” hizo que se le formaran coágulos en el vientre y que lo operasen de nuevo.  “También lo superé y gracias a Dios aquí estoy”, manifiesta.

Lucía fue para Miguel un gran apoyo y “ha tenido una entrega total y absoluta”. En este punto agradecen a los doctores Del Pozo y Robles el trato que les dieron durante su estancia en la UCI, donde estuvo un mes y medio. “Me ayudaron mucho en esos momentos” en los que además uno de sus cuatro hijos estaba dándose radioterapia debido a un tumor de pulmón del que lo estaban tratando.

“Después el trasplante mi vida ha cambiado mucho, me han desaparecido todos los males”, asegura Miguel, que antes tenía incluso ciática por el peso de su vientre. “El trasplante ha sido un regalo, me ha cambiado la vida totalmente”, insiste.

Desde su experiencia aconseja “al que tenga que dar ese paso que no se lo piense y si le llega el órgano que no se acobarde porque yo estaba mal y salí muy bien”. Y anima a la donación porque “es dar vida después de la muerte; parte de la persona que fallece sigue viviendo”.

Mari Paz Relaño y Carlos Zayas posan con sus camisetas de la campaña de donación de órganos. Mari Paz Relaño y Carlos Zayas posan con sus camisetas de la campaña de donación de órganos.

Mari Paz Relaño y Carlos Zayas posan con sus camisetas de la campaña de donación de órganos. / Juan Ayala

En batalla sigue Carlos Zayas, que fue trasplantado el 1 de junio del pasado año. En 1989 este enfermero cordobés, se infectó de hepatitis C en un accidente de trabajo. Desde entonces se ha sometido a multitud de tratamientos y ensayos clínicos hasta que en 2015 lograron eliminar el virus de su cuerpo mediante un medicamento llamado Sovaldi.

Su hígado no se había regenerado porque estaba muy dañado, pero “estábamos muy tranquilos”. Hasta que el 2 de noviembre de 2017 fue a una revisión rutinaria en la que le diagnosticaron un tumor.

“El diagnóstico me sorprendió muchísimo por el hecho de que cuando llegas al médico y te dice que tienes un tumor después de haberte curado de la hepatitis te pegas una plancha impresionante”, asevera. Como estaba en un sitio imposible de extirpar, los médicos optaron por quemarlo con quimio a través de un cateterismo.

Su hígado ya no servía y la única solución ya era el trasplante. Lo metieron en lista el 3 de enero de 2018 y el 28 de abril de ese año recibió la primera llamada, pero después de haberle hecho las pruebas le dijeron que no servía porque era un hígado graso. En mayo lo llamaron tres veces y la tercera fue la definitiva.

Era el 31 de mayo y Carlos y su mujer, Mari Paz Relaño, habían ido a Málaga a llevar a uno de sus hijos al aeropuerto. Rápidamente volvieron para Córdoba y el 1 de junio de madrugada lo bajaron a quirófano. Entró “totalmente entregado” y despertó a las 20:00 de la tarde, pero al día siguiente tuvieron que intervenirlo de nuevo porque se le había trombosado la porta. “Y ahí empezamos con la lucha”, explica.

El día 14 le dieron el alta y dos días después tuvo que volver porque tenía sangre en la herida. Además le pusieron una faja que aún lleva porque tiene una pseudo hernia y un fibroma.

El 11 de julio comenzó con fiebre y los médicos vieron que la porta se había trombosado de nuevo. Esto pasó porque la unión de su porta y la del donante se había estrechado tanto con la costura que no dejaba pasar el flujo. “Si no hay flujo no hay sangre y el hígado se muere”, explica Carlos, que ahora tiene 59 años.

"Dentro de lo malo, estoy aquí y estoy bien, que es lo importante", señala Carlos con actitud positiva

También se le había trombosado la hepática, por lo que el 3 de septiembre volvió a quirófano para que le dilataran esa arteria. Le insertaron un catéter externo e interno –en total lleva hechos once cateterismos– que él mismo se tenía que limpiar hasta que en octubre le pusieron una prótesis como vías biliares, pero esto no le funciona y está a la espera de que llegado el momento lo tengan que trasplantar de nuevo.

“Ha sido un cúmulo de coincidencias malas, nada ha salido como tenía que salir exceptuando el primer día de operación”, señala Mari Paz, que ha sido el pilar de Carlos durante todo este proceso.

Ahora su parte izquierda del hígado funciona, pero la derecha no. Al estar el órgano funcionante no lo pueden poner en lista de espera, así que la opción de recibir uno nuevo solo se daría si se produce un colapso hepático. Entonces entraría directamente en la UCI en código cero. A no ser que la situación se complique antes de otra forma.

El dolor que le causa la pseudo hernia le impide hacer vida normal, sobre todo “me priva de ir al trabajo y me van a prejubilar a pesar de que he pedido el alta”. Ahora tiene prevista otra operación para quitarle esa pseudo hernia y el fibroma, aunque aún no tiene fecha. “Desde que me diagnosticaron el cáncer todo se derrumbó”, sostiene.

A pesar de todas estas complicaciones, celebra con una actitud muy positiva que “dentro de lo malo, estoy aquí y estoy bien, que es lo importante, aunque siempre tienes encima la espada de Damocles porque puede venir mañana el derrame de la bilis o puede no venir nunca”.

Su esperanza es que le operen la pseudo hernia, le quiten el dolor del fibroma y, sobre todo, recuperar su trabajo, “porque lo otro no sé cuándo va a llegar”. “Ha habido momentos muy duros, pero por otro lado la mente no quiere pensar en lo negativo”, añade Mari Paz.

Todo lo pasado no quita que ambos agradezcan al donante y a su familia el gesto generoso que tuvo y a los facultativos y el personal de trasplantes el trabajo que realizan porque “obran el milagro”.

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