Los rizos de Mérida

06 de marzo 2026 - 03:07

Delante de mi casa, en el árbol despeinado, las primeras hojas anuncian la primavera, salpicadas de amarillo, como si recordaran vidas pasadas. Unos pocos días de tibieza despertaron a las ramas de su sueño desnudo. Así el árbol prueba que está vivo: no comparte nuestra consciencia ni nuestro lenguaje ni vive con nuestra prisa, pero esconde, como nosotros, la retorcida matemática del ADN.

La vida son fórmulas e infinitas combinaciones de escasos elementos. No debería sorprenderme el ver en Caixaforum a los maestros de Pixar hacer sus películas. Así hemos hecho siempre. Recuerdan a los maestros de las catedrales, que hace siglos tomaban bloques de piedra y levantaban con ellos naves y cruceros y arbotantes, cofres de aire, palacios de la fe, y escondían en las losas sus marcas y sus secretos. Todo lo que hemos creado, todo lo que de algún modo nos maravilla, nace de la técnica y la tecnología.

Detrás de la sonrisa de Míster Increíble, tras los rebeldes rizos de Mérida, entre la luz y la hierba y el agua de los océanos que ocupan sus personajes, hay líneas de código, funciones de distribución, métodos probabilísticos, y humanos organizándolas a su antojo. Esas historias clásicas, llenas de vida, de planes y dolores y de niños y animales que sueñan, están escritas con números envueltos en nuestra piel.

Entrar en el taller del artesano entraña el riesgo de derribar la ilusión y el asombro. No es lo mismo ver un truco de magia si sabemos dónde está el engaño. Pero hay un punto en el que este conocimiento no disminuye el enigma, sino que lo agranda. Parece imposible, y sin embargo es. Los grandes misterios lo son porque se resisten a ser encerrados, siempre escapan a nuestro intento de entenderlos.

Uno sabe que todo lo que somos, este universo, todas las fantásticas criaturas de la lógica, se basan en un puñado de constantes, y que un cambio mínimo en cualquiera de ellas haría que todo estallara en pedazos. También intuye que esta imponente fragilidad que nos aterra también nos conforta: soñamos con que alguien debió de calcularla para que nosotros la habitáramos. Pero es posible y probable que todo lo que somos, esta cáscara llena de huesos y electricidad, sea el fruto de la casualidad y no tenga un porqué. Y aun sabiéndolo, el asombro permanece. El árbol nace de nuevo. Se cimbrea al viento. Es como si me recordara.

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