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Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

La respuesta

Sólo tenía claro que ella no quería participar en una charla banal, de esas que se tienen para romper el silencio

Así que ahí estaban, en la barra, un sitio idóneo para lo que se proponían, a pesar de su fealdad, un lugar nada acogedor. Pero no habían ido a disfrutar de la comida, tan sólo a comer. A su lado se sentó otra pareja, la mujer pidió una coca-cola light y el hombre una tónica. Él los miró como si viese a marcianos y a continuación trinchó un trozo de pollo que observó con detenimiento durante segundos antes de llevárselo a la boca.

-Qué gente más rara -le susurró a ella, que no respondió, ni siquiera miró a la otra pareja. De las mesas llegó el jaleo de una charla en una lengua desconocida. Pero los otros idiomas siempre le habían resultado un misterio. Durante un instante miró al sitio de donde provenían las voces.

-Hay miles de bares mejores en la ciudad. ¿Por qué vienen aquí los extranjeros?

-Ni puta idea -replicó ella.

-¿Le harán descuento a los turistas?

-Ni puta idea -repitió.

-Tal vez lo recomienden en el hotel. Estarán compinchados.

-Ni puta idea.

¿Qué le pasaba? ¿Por qué respondía de esa forma? No era una mujer mal hablada. No que él supiera. Nunca la había oído expresarse así. Algo serio o extraño tenía que ocurrir para que estuviera utilizando ese lenguaje. Pero de la misma manera que pensó eso, intentó no darle importancia. Más le llamó la atención que esas tres palabras sonaran como una grabación en bucle. Él las oía, miraba a la mujer y la veía escrutando algún punto del último mordisco del sándwich, como buscando algo inidentificable que sus dientes hubieran detectado. Quizá otro hombre reprobase ese escupitajo de réplica que habría servido para zanjar cualquier otro asunto, fuera el que fuese, que a él se le hubiera ocurrido plantear, pero lo que ahora sólo tenía claro es que ella no tenía ganas de participar en una charla banal, de esas de hablar por hablar, tan propia de las comidas como las servilletas de papel y que brotan entre una pareja porque uno de los dos intenta romper el silencio con la simple intención de provocar una sonrisa -aunque sea a costa de otros- mientras son engullidos sin apetito un sándwich mixto y una ensalada César con unas cervezas.

Así que a sabiendas de la contestación que iba a obtener bebió un buen trago directamente de la botella y se lo preguntó.

-¿Tú crees que otro hombre soportaría que le hablaras así?

Y en efecto, eso fue lo que oyó.

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