Tribuna de Opinión
Juan Luis Selma
La ignorancia es muy atrevida
Hace unos días pude ver la película ganadora de los Goya, Los Domingos. Me llamó la atención que un tema tan contracultural cosechara tantos galardones. Algo está cambiando. Por supuesto, no han faltado los comentarios de siempre, como los de Silvia Abril: “Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano”. Doctores tiene la Academia.
Hay quien es capaz de captar lo real, la verdad, y quien, lleno de prejuicios, tropieza con ella. Como la tía de Ainara, la joven monja de la película. Para algunos, Dios, la fe y la Iglesia no son más que chiringuitos que los curas se montan para engañar a los débiles. Siempre se ha dicho que “la ignorancia es muy atrevida”.
Hoy he estado con un amigo al que conocí cuando terminaba Medicina y que, por las cosas de la vida, es ahora el obispo de Helsinki, el único de Finlandia. Lleva apenas dos años en su nuevo oficio y derrocha alegría, fe y optimismo. Aunque Finlandia es un país desarrollado, los católicos allí son marginales -solo los luteranos y ortodoxos reciben ayudas del Estado-, son pobres como las ratas, pero lo están llenando todo con su alegría y amor. Piden prestados los templos porque no tienen propios, pero los llenan. Las iglesias están abarrotadas de jóvenes y matrimonios; hay conversiones y bautismos de adultos. No tienen estructura alguna, pero sí una fe viva.
En el precioso Evangelio de hoy vemos cómo Jesús le dice a la samaritana: “Si conocieras el don de Dios”. Esto nos recuerda que muchas veces caminamos sin darnos cuenta de la gracia presente en nuestra vida. No es un reproche, sino una invitación a abrir los ojos a lo que Dios ofrece y que, si lo descubriéramos, cambiaría nuestra manera de vivir. ¡Descubrir el don!
Vivimos en un mundo de sentimientos, muy fraccionado, rápido y parcial; nos falta perspectiva, horizontes. Es importante conocer, profundizar, discernir: formarse. Podemos vivir con cuatro mantras, eslóganes o prejuicios y pasar por alto la hermosa realidad.
Cuando se nos invita a pensar, decir “si conocieras…” puede implicar que “no sabes lo suficiente para opinar”, que “tu juicio está incompleto”; pero también puede ser una invitación suave a reconsiderar algo. Somos conscientes de las muchas veces en las que caemos en el error, de oportunidades perdidas, de juicios equivocados. Abrirnos al conocimiento supone esfuerzo, estudio, reflexión. No ayuda nada la opinión apoyada en simples titulares, en conocimientos superficiales o frívolos.
Algunos métodos concretos para avanzar en la búsqueda pueden ser: examinar las razones -¿qué argumentos sostienen una afirmación?-; contrastar fuentes -la verdad se fortalece cuando resiste la comparación-; buscar coherencia -una idea verdadera no contradice otras verdades-; observar consecuencias -lo verdadero tiende a generar claridad, libertad y bien-; preguntar sin miedo -la duda honesta es parte del camino-.
Desde la perspectiva religiosa, la verdad no es solo un concepto, sino una relación. La frase “si conocieras el don de Dios” apunta a que la verdad no se conquista, sino que se recibe; no la creo, la descubro. Es un encuentro que transforma, no solo una idea que se entiende. En este sentido, buscar la verdad implica silencio interior, apertura a lo trascendente, reconocer que hay verdades que superan la pura lógica, dejarse interpelar por lo que da sentido y plenitud. Y, por supuesto, estudio.
La verdad también se puede disfrutar. Cuando la persona vive en ella, encuentra armonía; cuando hay armonía, nace el bienestar; y cuando el bienestar es profundo, se manifiesta como belleza.
El lunes asistí a un concierto del pianista Andrés Carlos Manchado. Iba improvisando mientras se leía la Pasión según san Juan. Recuerdo la interpretación que siguió a la pregunta de Pilato: “¿Qué es la verdad?”. El artista nos sumergió en un mar de armonía, paz y belleza. Esa cadencia armónica, ese baño de realidad, ese contacto con la vida despertaba el agradecimiento y llevaba a Dios.
Un propósito: estudiar. No cejar hasta encontrarnos con nuestra verdad, con nuestra grandeza recibida del Creador. Si conociéramos nuestro don, el don de los nuestros, ese que hemos recibido, nuestra vida sería mucho más plena, bella y auténtica.
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