NOTAS AL MARGEN
David Fernández
El 28-F de la emoción y el entretenimiento
Tengo un amigo que montó una granja de engorde de pollos: una nave enorme, totalmente automatizada. La comida, el agua, la temperatura, la luz, los medicamentos… todo estaba perfectamente controlado. Mientras admiraba lo bien que funcionaba aquel sistema —limpio, amplio, aséptico— le pregunté si los pollos se movían por toda la nave, pues podían hacerlo. Me respondió que no, que apenas avanzaban unos centímetros. Como lo tenían todo, se acomodaban.
Siguiendo con los ejemplos, recuerdo una conversación con un famoso párroco que mueve a cientos de jóvenes. Me interesé por el “secreto” de su éxito pastoral y me dijo que consistía en sacarles de su rutina. Organizaba peregrinaciones, convivencias, campos de trabajo. Cuando salían de sus hábitos diarios, podían pensar, plantearse metas, abrir horizontes. En cuanto se movían, algo en ellos despertaba.
También nosotros podemos tener una mentalidad estrecha y cómoda, pero que, como la jaula de oro, termina siendo una prisión. La vida humana se desarrolla, casi siempre, dentro de un perímetro reducido: nuestras costumbres, nuestras opiniones, nuestras emociones y los ambientes que habitamos. Ese espacio íntimo —el “yo” cotidiano— ofrece seguridad, pero también puede convertirse en una cárcel silenciosa. Salir de uno mismo es abrir ventanas para que entre aire fresco. Es un movimiento hacia la libertad.
San Agustín, en sus Confesiones, describe un viaje interior que no es encierro, sino apertura: “Entré en mi interior… y vi con los ojos del alma”. Ese entrar es descubrir que el yo profundo no coincide con el yo estrecho que solemos defender. Salir de uno mismo implica romper la coraza del ego para acceder a una verdad más amplia.
En términos existenciales, Kierkegaard diría que el yo auténtico surge cuando dejamos de vivir en la repetición automática y nos atrevemos a elegirnos de nuevo. Salir de uno mismo es, entonces, un acto de valentía.
Leemos en el Génesis: “En aquellos días, el Señor dijo a Abrán: ‘Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición’”. Dejar la seguridad de nuestras costumbres y rutinas, arriesgar para crecer, nos puede costar.
El Evangelio nos presenta otro ejemplo luminoso: “Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y subió con ellos a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”.
Es una invitación a salir, a subir a la montaña, a ampliar horizontes. Allí contemplan la divinidad de Jesús, su impresionante belleza. Es tan hermoso lo que ven que quieren quedarse, acampar allí mismo.
Salir no implica necesariamente tomar un avión —aunque una buena peregrinación a un santuario, a Roma o a Tierra Santa nunca está de más—. Podemos emprender un viaje sin movernos. San Agustín lo vivió así: “Entré en mi interior… y vi con los ojos del alma”. Ese viaje interior no es refugio, sino expansión: descubrir que el yo profundo es más grande que el yo que creemos ser.
También podemos salir de nuestras propias ideas, que a veces son auténticas prisiones. Hannah Arendt advertía que el pensamiento auténtico exige la capacidad de “detenerse y examinar”, no de repetir lo que ya creemos. Salir de las propias ideas implica someterlas a la prueba del diálogo, la duda y la experiencia. Incluso para crecer en la fe es bueno cuestionarse, intentar comprender. Me decía un chico que, desde que asiste a clases de teología, está profundizando mucho en su fe.
Y ya que estamos en Cuaresma, podemos practicar el “deporte” de la oración. San Agustín expresa con una sinceridad conmovedora: “Tarde te amé… Tú estabas dentro de mí, y yo fuera”. La oración lo sacó de su dispersión para llevarlo a un centro más verdadero. La oración, cuando es auténtica, nos descentra del yo pequeño y nos abre al misterio de Dios.
Salir de uno mismo es, en definitiva, una invitación permanente: a movernos, a crecer, a mirar más lejos, a vivir más hondo. A no quedarnos como los pollos de la nave, cómodos pero inmóviles. A atrevernos a caminar hacia la tierra que Dios nos mostrará.
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