He estado en Belén

Todo el misterio de la Navidad es pura humildad: Dios se hace hombre, se abaja a nuestra condición, se hace Niño indefenso, necesitado de todo

No alcanzaron la alegría

Lugar donde nació Jesús en Belén.
Lugar donde nació Jesús en Belén. / El Día

Córdoba, 21 de diciembre 2025 - 06:59

Ya está cerca la Navidad, el Niño Dios está a punto de nacer. He tenido la dicha de pasar estos días en Tierra Santa, la tierra que pisó Jesús. He experimentado el gozo y la gracia de besar los santos lugares, de contemplar los mismos campos y montes, arroyos y fuentes, de respirar el mismo aire que respiró el Señor. Su presencia se percibe.

El grupo de sacerdotes que peregrinamos entramos en la santa Gruta de Belén. Habían concluido los oficios de los sacerdotes ortodoxos; se respiraba el olor a incienso y aceites perfumados, el murmullo de sus salmodias. Nos arrodillamos y besamos la estrella de plata de catorce puntas que reza: "Aquí nació Jesucristo de la Virgen María". El silencio, el recogimiento y la emoción se palpaban. Allí permanecimos largo tiempo.

Al salir, uno de los sacerdotes entabló conversación con una joven musulmana, periodista, que se encontraba allí. Le comentó lo que veneramos en Belén y ella respondió que vernos orando le transmitió paz. Es el mismo anuncio a los pastores: "Paz a los hombres de buena voluntad".

Al terminar los oficios ortodoxos, uno de ellos tocó una campana. En ese momento aparecieron dos franciscanos armados con escoba y recogedor; entraron a limpiar la capilla que contiene el Pesebre, donde la Virgen dejó al Niño a modo de cuna. Está bajo el cuidado de los franciscanos. Dos humildes frailes adecentando el santo lugar, haciendo valer nuestros derechos allí.

Da pena contemplar la división entre los cristianos, entre los creyentes por quienes Jesús oró al Padre para que todos fuéramos uno. Cuando ponemos el acento en el yo, en lo mío, nos separamos de los demás. Algo de eso se vive también en nuestras casas y en la sociedad: olvidamos lo mucho que nos une y damos demasiada importancia a lo que nos separa.

Todo el misterio de la Navidad es pura humildad: Dios se hace hombre, se abaja a nuestra condición, se hace Niño indefenso, necesitado de todo. La entrada en la Basílica de la Natividad lo muestra gráficamente: hay que agacharse, humillarse, para pasar por la puerta estrecha y pequeña que la franquea. Si queremos vivir bien estos días, si queremos sacar todo el jugo a la Navidad, tenemos que humillarnos, abajarnos, hacernos pequeños. Así, estos días serán luminosos, pacíficos, entrañables.

En el Campo de los Pastores se venera la cueva donde los rabadanes velaban el rebaño. Allí se presentó el ángel anunciando la gran alegría: "No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre".

En la iglesia hay tres pinturas que describen el momento del anuncio, la adoración al Niño y el regreso de los pastores. En este último fresco se ve un niño que baja saltando, cantando y bailando, rebosando alegría. Han ofrecido unos humildes regalos al Niño, los productos de su rebaño: leche y requesón, y vuelven cantando.

Luego aparecerán los Reyes Magos, personajes importantes con obsequios valiosos: oro, incienso y mirra. En Belén cabemos todos: el pueblo elegido y los gentiles, creyentes y paganos, pobres y ricos, niños y adultos. Dios nos ama a todos, no hace distingos.

Estos días podemos ensanchar nuestro corazón, purificarlo, limpiarlo: pasar el escobón, como los buenos frailes hicieron en el Pesebre. Podemos crecer en humildad, agachar la cerviz: perdonar, olvidar, pedir perdón. Volverán la paz y la alegría a nuestro corazón.

Escribía monseñor Ocáriz hace unos días: "En este tiempo de paz, procuremos que ninguna barrera se interponga entre quienes nos rodean. Si alguna de nuestras relaciones se encuentra dañada por un conflicto o un resentimiento, pidamos la humildad para pedir perdón o perdonar, considerando que Dios es el primero que no duda en ofrecernos su perdón cuando nos acercamos a Él arrepentidos: con su gracia, Él nos ayudará a forjar un corazón misericordioso y abierto a todos, como el de su Hijo".

El Señor está cerca. Vamos todos a prepararnos: hagamos de nuestro corazón y de nuestros hogares un Portal de Belén. Hagamos como los pastores: regalemos a los nuestros pequeños detalles, olvidemos las rencillas, rindamos la razón. Como decía Pascal, "el corazón tiene razones que la razón no entiende". Hagámonos niños.

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