NOTAS AL MARGEN
David Fernández
Menos ideología y más criterio
El labrador avanza con paso lento pero constante. Delante, un par de bueyes tiran del yugo con paciencia antigua. Abren un surco fértil, dan vida al campo. Luego, de sus frutos gozarán muchos. ¡Qué bella imagen de fecundidad, de trabajo bien hecho, de perennidad!
El sol cae sobre los tres -hombre, animales y arado- como si los bendijera. Y detrás de ellos, la tierra abierta queda esperando la semilla, agradecida por ese surco que anuncia futuro. Imagen antigua pero cierta; metáfora de una vida fecunda. ¿Qué surco dejo yo en el campo de la vida?
“Son muchos los cristianos persuadidos de que la Redención se realizará en todos los ambientes del mundo, y de que debe haber algunas almas -no saben quiénes- que con Cristo contribuyen a realizarla. Pero la ven a un plazo de siglos, de muchos siglos…: serían una eternidad, si se llevara a cabo al paso de su entrega. Así pensabas tú, hasta que vinieron a despertarte”, glosa el primer punto de Surco.
Contaba un sacerdote que, al preguntar a un grupo de niños qué significaba la palabra egoísta, nadie respondía por no entender del todo su significado. Al final, levantó la mano decidida un niño y dijo: “Egoísta es el que no piensa en mí”. ¡Qué fácil es censurar a la Iglesia, sacarle los colores a los demás, decir lo que tienen que hacer! ¡Qué cómodo es decir que todo va mal, que todos son unos corruptos!
Las lecturas de este domingo nos invitan a ser luz, a trabajar en la viña del Señor para que dé fruto abundante. “Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”, dice Isaías. San Pablo afirma de sí mismo: “Llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios”. Y, en el Evangelio, vemos a Juan el Bautista reconduciendo a sus discípulos hacia el Señor: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.
Todos los bautizados participamos de la misión profética de Cristo. No estamos en la Iglesia: somos Iglesia. Cada uno, en su ambiente familiar, profesional y social, tiene la responsabilidad, la misión y la tarea de impregnar todo con la luz de Cristo, con su aroma, con su presencia.
Dejar surco es vivir de tal manera que algo bueno quede detrás de nosotros. Es marcar el terreno humano que pisamos con gestos, decisiones y presencias que otros puedan aprovechar. Es abrir camino, no para lucirnos, sino para que otros puedan sembrar, crecer o caminar mejor. Esto vale en lo humano y también en lo divino.
Muchos hemos heredado de nuestros mayores campos fecundos: amor al trabajo, honradez, sinceridad, amistad, familia, sentido de la vida, espíritu de lucha y superación, vida cristiana, buena formación. ¿Qué vamos a dejar nosotros si estamos tan pendientes de nuestros planes, caprichos y comodidades? ¿Una triste tierra quemada?
La gente necesita a Dios, un amor incondicional, un camino seguro y claro, familia, esperanza y motivos para vivir. Los cristianos lo tenemos: no lo ocultemos, no hagamos el ridículo. No defraudemos a los nuestros.
Los niños necesitan un padre y una madre, vínculos familiares estables y seguros: una familia. Necesitan a alguien que, con su vida y sus palabras, les muestre al Dios del amor, a Jesús. Estas Navidades pude estar en el parque temático Puy du Fou. Al terminar uno de los preciosos espectáculos, un padre preguntó a su hijo qué le había gustado más, El Rey León o aquello. El niño respondió: “Esto, papá; esto mucho más”.
Una forma de transmitir las virtudes, los valores y la fe es vivir la unidad de vida: que lo que creemos y valoramos intentemos vivirlo, siendo personas coherentes. Amar la verdad: llamar a las cosas por su nombre; si hacemos algo mal, no justificarnos, sino reconocerlo y rectificar. Apreciar la belleza, valorar lo bonito, la naturaleza, la armonía, la alegría. Así dejaremos un surco profundo, una buena herencia a los nuestros. Haremos atractivo el seguimiento de Jesús, la vida lograda.
Contamos con la ayuda de Dios: “En el tiempo y en el espacio, allí donde estamos, viene Aquel sin el cual nunca habríamos existido. Vive entre nosotros quien da su vida por nosotros, iluminando nuestra noche con la salvación”, nos recuerda el Papa.
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