Las aguas de Mará y el Jordán

No debemos asustarnos de nuestro pecado, ni del de los demás. Con el bautismo recibimos la gracia del perdón y el auxilio para la conversión

La paz añorada

Procesión bautismal en el río Jordán.
Procesión bautismal en el río Jordán. / Efe

Córdoba, 11 de enero 2026 - 07:00

Hay un acontecimiento interesante en la travesía del pueblo elegido por el desierto del Sinaí. Sucedió cuando los hebreos morían de sed: no había agua, y se encontraron con el manantial de Mará –que significa “aguas amargas”–. La desesperación fue enorme, pues aquella agua, la única que encontraron, no se podía beber.

El cansancio y la sed hicieron que el pueblo murmurara contra Moisés, preguntando qué iban a beber. Moisés, sin saber qué hacer, clamó al Señor, y Dios le mostró un árbol. Cuando Moisés lo arrojó al agua, las aguas se volvieron dulces, aptas para beber.

Un grupo de jóvenes cordobeses está promoviendo una marca de ropa deportiva que han llamado Aguas de Mará. Mis Reyes han sido un polar muy chulo que, en la parte trasera, muestra una cruz sobre un río de agua y la inscripción Bajo tu manto, en referencia al patrocinio de la Virgen María.

Quieren que las prendas sean elegantes, con gusto y juveniles, y que manifiesten abiertamente el orgullo de ser católicos. Vivir la fe es tendencia entre muchos jóvenes.

Pero la cosa no se queda ahí. Hace muy poco, conversando con dos de estos chicos, me asombré de la alegría y el compromiso con que viven su fe. Iban a misa diaria, a las siete de la mañana, antes de dirigirse a sus clases.

Quieren vivir la castidad, son deportistas y generosos. Ayudan a los pobres y necesitados. Mueven a sus amigos, que quisieran ser como ellos. No tienen inconveniente en entregarse a Dios y a los demás, tanto en el celibato como en el matrimonio. ¡Son un tesoro!

Junto al episodio de Mará está también el de Meribá. El camino siguió, y de nuevo llegó la sed. Esta vez, en Refidim, el pueblo volvió a quejarse, incluso acusando a Moisés de haberlos sacado de Egipto para morir en el desierto. Dios le ordenó tomar su vara y golpear una roca en Horeb. Al hacerlo, brotó agua abundante, y el pueblo bebió.

Más adelante, volvió a escasear el agua en Cadés. Moisés dudó y golpeó dos veces la roca. Por esto, Yahvé lo castigó: no entraría en la Tierra Prometida.

En nuestras vidas hay éxitos y fracasos, fe y dudas. Quizás momentos de abandono, de oscuridad y de perdición. Pero Dios siempre está a la espera, ofreciendo su mano, su perdón, su gracia.

Ya en la Tierra Prometida se encuentra el río Jordán, que no es gran cosa, pero siempre lleva agua. En medio del desierto, sus veredas ofrecen vegetación, solaz y vida.

Allí, junto al Jordán, Juan el Bautista predicaba la conversión y la penitencia, ofreciendo un bautismo de purificación. Era una llamada urgente a preparar el corazón para la llegada del Mesías. Y allí acudió un día Jesús.

“Entonces vino Jesús al Jordán desde Galilea, para ser bautizado por Juan. Pero éste se resistía diciendo: –Soy yo quien necesita ser bautizado por ti, ¿y vienes tú a mí? Jesús le respondió: –Déjame ahora, así es como debemos cumplir nosotros toda justicia”.

El Maestro, el Santo de los santos, se pone en la cola de los pecadores. Va por delante, invitándonos a la conversión. Nosotros sí que la necesitamos. Todos nacemos con el pecado original, con la inclinación al mal. Experimentamos las tres heridas en nuestra naturaleza.

Herida de la inteligencia: la ignorancia. Nuestra razón ya no se orienta con facilidad hacia la verdad.

Herida de la voluntad: la malicia o desorden del querer. Deseos desordenados, falta de dominio propio.

Herida de las pasiones: la concupiscencia y la debilidad. Esto genera desorden interior, impulsividad y lucha entre lo que sabemos que es bueno y lo que deseamos hacer.

No debemos asustarnos de nuestro pecado, ni del de los demás. Con el bautismo recibimos la gracia del perdón y el auxilio para la conversión. Y cuando caemos después, tenemos el regalo de la confesión. Cuando volvemos a Dios, escuchamos del cielo: “Éste es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido”.

Estas palabras se dirigen también a nosotros. Desde ese momento podemos recomenzar, volver. Lo pasado ha desaparecido. Se nos ofrece una vida nueva. Otra oportunidad. Dios nos ha perdonado. Ahora debemos perdonarnos a nosotros mismos y perdonar a los demás. Nunca nos faltará el agua divina en el caminar, una agua que resucita a los muertos, que eso significa el bautismo.

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