En tránsito
Eduardo Jordá
Mirra
No es fácil conjugar el ritmo de las doce campanadas del Año Nuevo tomando las uvas y expresando deseos; podemos atragantarnos. Yo nunca lo consigo, por lo que prefiero hacerlo en el silencio de la meditación. ¿Cuál sería el deseo estrella? Salud y bienestar, prosperidad, autenticidad y humanidad, paz y armonía familiar, estabilidad, amor…
Es curioso, pero algunas encuestas subrayan que entre los propósitos del nuevo año está el de reducir el tiempo dedicado al móvil; una de ellas afirma que es el deseo del 75% de los ciudadanos. En mi prospección personal he detectado que lo que más deseamos es la paz. Así lo manifestaba un niño: “Le pediría al Niño Jesús por la paz”. Es lo que más valoro: tener paz y que me dejen en paz.
Tuve la oportunidad de escuchar a un famoso cardenal afirmar, en un ambiente selecto, que le era muy difícil augurar la paz y la esperanza a sus fieles. Los cristianos son minoría en su país multicultural; las convicciones de las mayorías son antagónicas. Humanamente, allí la paz es imposible. El gen dominante la imposibilita. ¡Qué pena vivir eternamente en guerra, en conflicto perenne!
Cuando las razones e ideas no tienen alma ni corazón, cuando los argumentos están por encima de las personas, cuando las convicciones pesan más que el amor, la paz es imposible. En la tierra del cardenal citado, conociendo a Jesús, lo han rechazado, y Él es nuestra paz.
Dice san Pablo en la carta a los Efesios: “Ahora, sin embargo, por Cristo Jesús, vosotros, que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido acercados por la sangre de Cristo. En efecto, Él es nuestra paz: el que hizo de los dos pueblos uno solo y derribó el muro de la separación, la enemistad, anulando en su carne la ley decretada en los mandamientos. De ese modo creó en sí mismo, de los dos, un hombre nuevo, estableciendo la paz y reconciliando a ambos con Dios en un solo cuerpo, por medio de la cruz, dando muerte en sí mismo a la enemistad. Y en su venida os anunció la paz a vosotros, que estabais lejos, y también la paz a los de cerca, pues por Él unos y otros tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu”.
Cuando uno está inspirado se suele decir que “está sembrado”. La figura del sembrador nos es familiar: el labrador que lleva en un costal la buena semilla y la va derramando a manos llenas. Así tendríamos que ser nosotros: sembradores de paz y de alegría por donde quiera que pasemos. Dar paz y, para esto, tenerla.
Comienza el Año litúrgico con la celebración de Santa María, Madre de Dios. Ponemos el año que vamos a desgastar en manos de María; al menos, es lo que yo he hecho. Después de la última campanada le he dicho a la Virgen que nos acompañe, que nos regale un caminar seguro, que nos proteja. Seguro que la que es Madre de Dios nos lo consigue.
En el mensaje del primero de Año nos dice León XIV: “Ya sea que tengamos el don de la fe, o que nos parezca que no lo tenemos, queridos hermanos y hermanas, ¡abrámonos a la paz! Acojámosla y reconozcámosla, en vez de considerarla lejana e imposible. Antes de ser una meta, la paz es una presencia y un camino. Aunque sea combatida dentro y fuera de nosotros, como una pequeña llama amenazada por la tormenta, cuidémosla sin olvidar los nombres y las historias de quienes nos han dado testimonio de ella”.
La paz interior, la personal, es la que garantiza la paz social. Jacques Philippe nos da cinco consejos:
Vamos a hacer posible la paz, al menos en nuestro entorno, así la paz será posible. Feliz Año.
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