Quizás
Mikel Lejarza
Recordando al teniente coronel Bill Kilgore
Ysi la mezcla fuese, en realidad, una forma más auténtica de vida? Durante demasiado tiempo hemos confundido la pureza con la verdad, como si lo intacto representara una forma superior de existencia y lo mezclado fuese apenas una versión imperfecta. Basta observar la realidad con un poco de atención para advertir algo distinto: casi todo lo que perdura –lo que se adapta, lo que resiste, lo que florece– suele nacer del encuentro entre diferentes.
Un chucho lo demuestra sin necesidad de discursos ni teorías. No responde a un estándar cerrado ni a un canon establecido. Es una pequeña síntesis viviente en forma animal: la suma improbable de rasgos distintos que han terminado por convivir en un mismo cuerpo. Allí donde algunos creen ver desorden, la naturaleza suele producir equilibrio. La mezcla no lo debilita; lo vuelve más resistente, más adaptable, más único.
La cultura humana funciona de un modo parecido. Ninguna convicción surge intacta. Incluso las ideas que parecen más sólidas están hechas de lecturas, conversaciones, dudas, contradicciones y silencios acumulados. Lo que a primera vista parece homogéneo suele ser, en realidad, el resultado de influencias múltiples que han terminado encontrando una forma común.
El pensamiento siempre ha sido ecléctico. Toma, contrasta, incorpora, corrige. Como en la música, una nota aislada puede ser nítida, pero sólo la combinación crea profundidad. La armonía no nace de la uniformidad, sino del diálogo entre tonos distintos.
La naturaleza lo confirma con una claridad casi pedagógica. Los ecosistemas más fuertes son los más diversos. Los idiomas más vivos son los que han sabido incorporar palabras ajenas. Las sociedades que prosperan suelen ser aquellas capaces de convertir el encuentro en inteligencia compartida.
Tal vez por eso el chucho –tan ajeno a la obsesión humana por el pedigrí– encierra una lección inesperada. No necesita pureza para ser auténtico. Su identidad nace de la combinación irrepetible que lo compone.
En la mezcla no se pierde la identidad: se acentúa aún más. Quizá la verdadera riqueza de una sociedad no consista en proteger una supuesta pureza, sino en aprender a convivir y mezclarse sin miedo. Porque allí donde lo distinto se encuentra, la vida no se diluye: se vuelve más fértil.
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