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David Fernández
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Podemos ser un poco ingenuos y pensar que lo que hacemos no tiene demasiada importancia. El famoso “no pasa nada” suele acompañarnos como excusa. Pero la realidad es distinta: un mal gesto, una contestación brusca, una pérdida de tiempo en las redes… todo pasa factura. Puede herir a una persona o llevarnos a descuidar nuestras obligaciones.
Todo lo que hacemos deja huella, igual que cada visita a internet deja rastro. Para entenderlo mejor, puede ayudarnos el cuento del espejo del valle. En un valle escondido había un espejo muy especial. No mostraba la apariencia exterior, sino el interior del corazón. Un día se acercaron dos jóvenes: Lina y Mateo.
Lina vio en el espejo un brillo suave: pequeños gestos de bondad, palabras de consuelo, un pan compartido, una visita a quien estaba solo. Nada espectacular, pero cada acto encendía una luz en su interior.
Mateo, en cambio, vio sombras: una mentira dicha sin pensar, un desprecio nacido del orgullo, una ayuda negada por comodidad. Tampoco eran grandes maldades, pero iban dejando huella.
El anciano guardián del valle les dijo: “El espejo no premia ni castiga. Solo muestra lo que sembráis. El bien os hace buenos y el mal, malos. Cada acto, por pequeño que sea, os va moldeando”.
Podemos quedarnos en las buenas intenciones, en los sentimientos o en los deseos, pero son los actos concretos los que van perfilando nuestra personalidad. A veces hay un abismo entre lo que creemos que somos y lo que realmente perciben los demás. San Josemaría lo expresaba con ironía: “¡Qué buen negocio sería comprar a los hombres por lo que valen y venderlos por lo que ellos creen que valen!”.
En el Evangelio leemos: “Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo… Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo. Que vean vuestras buenas obras". Son esas obras las que nos hacen luminosos, buenos y, por tanto, felices.
Y también podemos decir lo contrario: el mal nos vuelve oscuros, huraños, infelices. Cuando apostamos por el ego, por la mentira, por el vicio, nos hacemos daño. Si tuviéramos un poco de sentido común, un atisbo de sabiduría, veríamos que ciertas actitudes nos hieren porque son malas: no compensan.
Para ser feliz hay que abundar en el bien, en lo bueno, en lo verdadero. Eso embellece la vida.
Dice Isaías: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo. Entonces romperá tu luz como la aurora". No nos convertimos en personas buenas o malas de golpe. Nos vamos haciendo. Nuestras elecciones nos configuran. Cada acto es una semilla: lo que sembramos crecerá en nosotros.
Un cristiano corriente puede sembrar el bien allí donde pisa: en su casa, en su trabajo, en sus relaciones, en su tiempo libre y en su propio corazón. No hacen falta grandes gestos, sino pequeñas semillas constantes.
En el hogar, sembramos el bien cuando escuchamos con paciencia, cuando perdonamos rápido, cuando cuidamos los detalles que sostienen la convivencia. El hogar es el primer taller donde Dios trabaja nuestro corazón.
En el trabajo, sembramos el bien cuando actuamos con responsabilidad, cuando tratamos a todos con respeto, cuando evitamos la murmuración, cuando somos justos y honestos. El trabajo bien hecho es una forma de amar.
Con los pobres y los que sufren, sembramos el bien cuando nos acercamos, cuando damos tiempo, cuando escuchamos, cuando compartimos lo que tenemos. El bien hecho al que sufre tiene un brillo especial.
En el mundo digital, sembramos el bien cuando hablamos con respeto, cuando no difundimos odio ni rumores, cuando sembramos esperanza en las redes. Incluso un comentario amable puede ser una semilla de paz.
La amistad es un puente por donde Dios pasa. Sembramos el bien cuando acompañamos, cuando animamos, cuando creamos espacios de alegría sana, cuando invitamos a otros a descubrir la fe sin imponerla.
Sembramos el bien en nuestro corazón cuando cuidamos la oración, cuando pedimos perdón, cuando trabajamos las virtudes, cuando dejamos que Dios nos transforme. Al final, el bien nos hace buenos, y el mal, malos. Y Dios, que ve en lo secreto, hace crecer cada semilla que sembramos con amor.
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