NOTAS AL MARGEN
David Fernández
Andalucía, entre la lealtad y la pataleta
HAY que admitir la habilidad de los catalanes para colarse hasta la cocina de los españoles con sus penas y miserias. Sin necesidad de pegar un tiro al aire, siempre han logrado más autogobierno y más financiación singular. Cualquier día nos pedirán una embajada en Madrid y un consulado en Badajoz. A los vascos tampoco les ha ido nada mal: disponen del mejor colchón social y sólo les queda gestionar los aeropuertos. Al tiempo, porque el chantaje puede ser infinito y la deslealtad se paga a precio de oro en este país. Andalucía no había terminado de rescatar los cuerpos de las víctimas de Adamuz, y los independentistas ya habían anunciado sus reivindicaciones para reflotar su Rodalies tras el accidente. Los trenes andaluces también están parados por el temporal. No sabemos cuándo se recuperará del todo la alta velocidad con Madrid. Y apenas recordamos cuándo fue la última vez que los Cercanías y Media Distancia llegaron a su hora. No sólo fallan en Cataluña. Pero mientras que aquí aún no tenemos las cuentas del todo claras, ellos machacan a diario reclamando al Gobierno unos gastos millonarios derivados de la crisis ferroviaria y que invierta mil millones más al año para mejorar su red viaria. Cataluña marca la conversación y la agenda nacional desde hace décadas, y esto habla mejor de sus dirigentes que del resto de sus adversarios a la hora de conseguir sus objetivos.
El ministro de Transportes les ha servido en bandeja la cabeza de dos altos cargos y les ha enviado a su número dos a Barcelona para calmar sus ansias y afrontar el problema sobre el terreno. A mandar. Respecto a Adamuz, Óscar Puente dice que los responsables del accidente también lo pagarán caro, pero no se le ocurre nadie por ahora. En otras regiones envenenadas con tanto agravio, en su día surgieron formaciones para recordarle al Estado que también existen. Andalucía también gozó de un partido con sus colores, pero nunca arañó en Madrid. Los andaluces aportamos 61 escaños al Congreso pero jamás tuvimos tanto peso al cambio como los siete con que Puigdemont humilla a Sánchez sin piedad. Si todas las comunidades se contagiaran con el virus del nacionalismo más catetil, España sería un Estado fallido de libro. Y si elegimos el camino de la lealtad institucional, seguiremos rezagados frente al que no deja de patalear, pero al menos nos reconforta ver que nuestros políticos no se tiran las víctimas a la cabeza, reconocen el trabajo bien hecho, colaboran en lo que pueden y respetan, como se ha vuelto a demostrar con el temporal.
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