Mejor la verdad que el relato

Está de moda, en el ámbito político, recurrir a los relatos para manipular la verdad. Son medias verdades que adormecen la conciencia

Luces y sombras de Adamuz

Liliana Sáenz de la Torre, durante la acción de gracias en el funeral de las víctimas de Adamuz.
Liliana Sáenz de la Torre, durante la acción de gracias en el funeral de las víctimas de Adamuz. / E. P.

Córdoba, 01 de febrero 2026 - 06:59

Estos días he releído un libro del autor cordobés José Miguel Cejas, El baile tras la tormenta, en el que narra historias de los países bálticos durante la ocupación rusa y nazi. Son relatos llenos de verdad y heroísmo.

Está de moda, en el ámbito político, recurrir a los relatos para manipular la verdad. Son medias verdades que adormecen la conciencia, “clavos ardiendo” a los que uno se agarra para quedar atrapado en un sinfín de incongruencias.

Ahí están, por ejemplo, las explicaciones sobre las causas del descarrilamiento de Adamuz o la denuncia contra el obispo Munilla por una supuesta incitación al odio contra los homosexuales. Liliana afirmó en su emotivo testimonio durante el funeral: "Solo la verdad nos ayudará a curar esta herida".

La Fiscalía no ha admitido a trámite la denuncia. En palabras del obispo: "Era evidente que la denuncia no tenía recorrido y que únicamente buscaba amedrentar a la Iglesia para que no nos atreviéramos a proponer la antropología cristiana del matrimonio y de la sexualidad, pretendiendo así tener las manos libres para imponer una antropología de Estado basada en la teoría de género-Lgtbi".

Añade Munilla: “Es absolutamente incoherente –¡un auténtico liberticidio!– que quienes dicen defender la libre elección de la propia identidad sexual pretendan coartar la libertad de quienes toman un camino diferente al suyo. El colmo del colmo es que la propuesta del amor cristiano pueda llegar a ser objeto de la acusación de delito de odio y de discriminación”.

Uno de los capítulos del libro citado se titula Un samizdat de Solzhenitsyn. El samizdat fue una forma de literatura subterránea que desafiaba la censura oficial, convirtiéndose en un sello cultural de resistencia en la URSS y en el Bloque del Este. Solzhenitsyn defendía que debemos vivir sin la mentira.

Decía: “El camino más sencillo y más accesible para conseguir liberarnos de la mentira consiste en negarse a colaborar con ella. La mentira podrá manipularlo todo y abarcarlo todo, pero no contará con mi ayuda. (...) Esa negativa a colaborar es muy sencilla y, al mismo tiempo, la más eficaz, porque cuando los hombres deciden no mentir, la mentira, al igual que las infecciones, acaba muriendo, ya que solo puede vivir en un organismo vivo”.

El profeta Sofonías habla del “resto de Israel”, un grupo pequeño y fiel que permanece leal a Dios cuando la mayoría se aparta de él. Dice: “El resto de Israel no cometerá maldades, ni dirá mentiras, ni se hallará en su boca una lengua embustera”.

Hoy el mundo necesita un pequeño resto que ame la verdad, que llame a las cosas por su nombre, que no use “historias” para velar, suavizar o distorsionar lo real. La verdad es hermosa, atrae, conforta, libera. Puede ser dura en ocasiones, pero peor es engañarse, perderse en ensoñaciones, no querer enfrentarse a los problemas: esconderlos con eufemismos solo consigue que la caída sea peor.

Recoge este capítulo: “Al cabo de los años, en otro contexto social, las palabras de Solzhenitsyn siguen estando vigentes: las mentiras no son palabras que dices y quedan flotando en el aire, alejadas de ti; cada mentira te va corrompiendo por dentro, hasta consumirte las entrañas”.

Corremos el riesgo de dejarnos llevar por el ambiente y olvidar el valor de la verdad, que es, como dicen los filósofos, adaequatio rei et intellectus: un juicio o conocimiento es verdadero cuando concuerda con la realidad objetiva. La verdad se ajusta a lo que es; lo demás son cuentos o relatos. Amar la verdad nos sitúa en el mundo real. Apartarnos de ella es infantilismo o necedad: por mucho que nos tapemos los ojos, el toro sigue ahí.

En un mundo de apariencias, de fachada, de infantilismo y de manipulación, ser realistas y auténticos puede chocar, pero vale la pena. Los demás acaban agradeciendo la franqueza, y a nosotros nos irá mejor.

Podemos ejercitarnos en llamar a las cosas por su nombre, en desterrar las “mentiras piadosas” que edulcoran la realidad.

Decía Benedicto XVI: “El compromiso por la verdad es el alma de la justicia. Quien se compromete por la verdad debe rechazar la ley del más fuerte, que se basa en la mentira”. Además, la verdad no está reñida con la caridad, y la caridad tiene que ser verdadera. Vivirla en el ámbito familiar y profesional facilita la convivencia y la justicia.

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