Luces y sombras de Adamuz

Nuestra gente es buena, muy buena y generosa cuando se presenta la ocasión de servir y auxiliar al necesitado

Dejar surco en la vida

Hospital de campaña montado en la caseta municipal de Adamuz
Hospital de campaña montado en la caseta municipal de Adamuz / Miguel Ángel Salas

25 de enero 2026 - 07:00

Como sucedió con la dana, el pueblo de Adamuz y mucha gente buena se ha volcado con los damnificados del accidente ferroviario. En estas letras quiero agradecer, en nombre de muchísimos ciudadanos, todo el desembarco de médicos, enfermeros, conductores de ambulancias, bomberos, policías, guardias civiles y un largo etcétera de profesionales que se han entregado al rescate de los accidentados.

Nuestra gente es buena, muy buena y generosa cuando se presenta la ocasión de servir y auxiliar al necesitado. Allí estuvieron presentes la Cruz Roja; los vecinos, como Julio y su amigo; Gonzalo con su quad; Antonio, que no cerró su bar en toda la noche; Rafael, el párroco, que puso todo el material de Cáritas a su disposición; los vecinos que llevaron mantas y acogieron a los accidentados; otros que los trasladaron a sus casas…

El lunes, después de comer, me llamaron unos jóvenes que querían rezar por las víctimas. Después de ver las posibilidades, decidieron sumarse a la misa de ocho en la parroquia de San Nicolás y luego rezar el rosario. Me llamó la atención su capacidad de convocatoria: allí había varias decenas de chicas y chicos rezando y acompañando espiritualmente a los que sufrían. Seguro que Dios, como dice el Salmo 56, recoge las lágrimas en su odre. Lágrimas amargas que nos purifican y nos hacen fértiles. El misterio del dolor es inmensamente fecundo a la vez que inescrutable. Puede sacar lo mejor de nosotros.

Sombras también las hay. Da pena la actitud partidista ante las desgracias, el querer politizarlo todo, la búsqueda descarada del propio provecho. No estoy por la anarquía ni por la rebelión, pero debemos levantarnos ante el mal, ante la mentira y la injusticia, poniéndonos los primeros en la cola de los pecadores, pero rechazando lo que deshumaniza, lo que nos enfrenta. ¡Qué bonito sería que fuéramos, como Fuenteovejuna, todos a una!

Nos recuerda san Pablo en la liturgia de este domingo: “Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir”. Y la profecía de Isaías: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, el yugo de su carga y el bastón de su hombro los quebrantaste como el día de Madián”, se cumple con la venida del Mesías.

La invitación de Jesús: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos” sigue vigente. Como les dijo a Simón y a su hermano Andrés: “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres”, nos dice a nosotros: ¡Sígueme!

¡Cuánta luz y felicidad hay en el seguimiento de Cristo! Estos días varios jóvenes me han preguntado cómo supe que el Señor me llamaba al sacerdocio. Es curioso, pero es la pregunta que más me repiten los chavales. Me he cuestionado por qué la hacen. ¿Por mera curiosidad? ¿Por saber si a ellos también los llama? ¿Por ser un “bicho raro”? El caso es que Dios cuenta con nosotros para iluminar el mundo, para adecentarlo, hacerlo más amable y justo.

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”, dice el Evangelio de los dos hermanos. Hoy la Iglesia celebra el Domingo de la Palabra de Dios. Nos invita a tomar las Escrituras como libro de cabecera, como manual de subsistencia, como referente de nuestras vidas. Podemos hacer propios, como dirigidos a nosotros, los consejos que allí se nos dan y aplicar sus enseñanzas a nuestras vidas.

Esta escena se puede repetir en cada uno de nosotros si, como ellos, escuchamos también su llamada en el fondo de nuestro corazón. ¿Cómo escucharla? No tiene que ser una voz física: puede ser una inquietud, un deseo del corazón de cambiar, de hacer algo grande, de salir de nuestro aburrido mundo; una quemazón interior de ser rebeldes; unos sueños. Se presenta la ocasión de darnos, de ser útiles a los demás, como les pasó a los de Adamuz o a los de Valencia. “Si hoy escuchas la voz de Dios, no endurezcas tu corazón”, leemos en los Salmos. Es la ocasión de ser luminoso, rebelde, contracultural, santo.

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