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¿Se acabó el 'procés'?

El elector está indefenso ante bulos y mentiras que determinan en buena medida sus decisiones

Podremos resistir un mes más hablando del procés? Lo dudo mucho. El hartazgo es tal que hasta muchísimos independentistas no saben cómo disimular que están hasta las narices de todo esto. Hace un mes, en Barcelona, lo que más me sorprendió fue que apenas había banderas esteladas en los balcones. Dicen que todo se debía a una iniciativa de los indepes para no atosigar a los no-nacionalistas y así desmotivarlos a la hora de ir a votar, pero tengo mis dudas. Quizá el cansancio (y también la decepción) había empezado a hacer mella en muchos de ellos. De todas formas, la rocosa credulidad de los independentistas, digna de los pastorcitos de Fátima o de los fieles del reverendo Jim Jones, es un fenómeno que tendrá que ser estudiado por los psicólogos sociales. "Mira, España", me dijeron unos amigos indepes desde el coche, señalándome los barrios lejanos de Cornellà y de Hospitalet. Era como si me estuvieran señalando el desierto del Kalahari, un lugar poblado por pigmeos y rinocerontes y arbustos espinosos. Un lugar que no formaba parte de su hábitat. Un lugar que ni siquiera tenía derecho a ser habitado.

Acabe como acabe, el procés nos ha traído algunas conclusiones inquietantes. Los sesgos cognitivos -esos marcos mentales que determinan nuestras elecciones y que son refractarios a cualquier verificación fáctica- se han apoderado por completo de nuestra mente. En una sociedad en la que las televisiones no informan o informan mal, y en la que las radios y la prensa escrita están perdiendo protagonismo, el elector está indefenso ante una avalancha de memes y bulos y mentiras que determinan en buena medida sus decisiones. Y eso por no hablar de la irrupción de unos nuevos líderes políticos que presentan una peligrosísima mezcla de fanatismo religioso, ignorancia política, inexperiencia personal y deseo de hacer cosas trascendentales -sin medir las consecuencias- que pone los pelos de punta. Porque a su lado, no lo olvidemos, siguen los cínicos de siempre dispuestos a aferrarse a su cargo al coste que sea.

Y por último, se ha demostrado que padecemos una atroz incapacidad de conectar con la realidad, y por conectar me refiero a la simple capacidad de reconocer la sociedad en la que vivimos -con todo lo bueno y lo malo que tiene- y de contextualizarla y analizarla con frialdad. Mal asunto.

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