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Cambio de sentido

Post Apocalipsis

Los 'menteplanistas' abrazaron al becerro de plástico, bebieron veneno del sapo, dijeron no sé qué del 5G

En aquel tiempo, se trocaron las tornas, se tornaron las tuercas, y la Realidad, que ya de entrada era un delirio, convirtió a las gentes al credo del dislate. Corría el Año Cero, hubo grandes debacles y también muchos prodigios. El paso de la pequeña bestia de mil cuernos desvistió a la raza humana, la puso realmente en evidencia: quienes, presos del pánico, meses antes habían arrasado con todas las mascarillas, ahora paseaban con ellas colocadas en el codo, con la mera función de evitar multas. Había quienes las llevaban sujetándoles las quijadas para que la boca no se les abriera del asombro. Algunos se aliviaban al pensar que aquella plaga sólo hería a los ancianos de la tribu, a muchos de los cuales dejaron morir sin cuidado por su cuerpo ni su alma. Esto fue una gran señal, pues los que consintieron eso, sean quienes sean, parecieran no nacidos de madre ni conocerán el descanso. Comenzaron las exhortaciones escatológicas, y todo se confundió en un acabose. Los nostálgicos de los censores gritaban "¡Libertad!", los más conservadores trocaron en rebeldes y los antiguos antisistema en defensores del orden. Por aquel entonces, nadie parecía saber la diferencia crucial entre desobedecer y no obedecer. En casa de Lázaro, Marta y María no recibieron al maestro con una copita de oporto, sino que le ungieron las manos y los pies con geles hidroalcohólicos. Los bares abrieron antes que la escuela, y el día del Corpus los gentiles clamaron al Altísimo para que bajara la marea. "Gritar 8M es como gritar ¡viva la muerte!", exclamó un fariseo, dejando a Millán-Astray por feminista. Sonó la tercera trompeta: ya se puede pasar de provincia.

La caída de Babilonia fue como profetizó San Juan. La Gran Manzana cayó en el oscuro caos de muertos innúmeros, ya luchan la paloma y el leopardo, los comerciantes de la tierra lloraron sobre su geometría y angustia. El hombre del pelo amarillo mandó sofocar el tumulto para sostener una biblia ante las cámaras. Los menteplanistas abrazaron al becerro de plástico, bebieron las siete copas de veneno del sapo, dijeron no sé qué del 5G. Llamaron apestados del mal de la cabaña a quienes quisieron acabar el libro que andaban leyendo en vez de correr a gastarse lo que ahora no tenían. El hijo del hombre y los hijos e hijas de mujer se protegieron del odio en sus casas, amores, cantares y labores. El Ángel de la Muerte había pasado cerca, y eso hizo, sin duda, comenzar a amar la vida más que nunca.

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