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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Paradores

Los paradores eran parte de esa experiencia compartida que llamamos España. De ahí el zarpazo del PNV

Nos unimos al nutrido grupo de los que se mesan las barbas por las transferencias al Gobierno vasco de la Seguridad Social y Prisiones. Puede que estén contempladas en el Estatuto de Guernica de 1979 (¿qué no entregó Suárez?), pero es evidente que cada vez está calando más en la ciudadanía, eso que antes llamábamos "el pueblo español", un hartazgo por este rosario sin fin de cesiones ante los ejecutivos nacionalistas. Es hora de parar, templar y mandar sobre el morlaco del proceso autonómico, cada vez más dirigido por los nacionalistas para cumplir su viejo sueño de una España, si no muerta, sí al menos más asimétrica. Se busca la desigualdad, no la pluralidad, algo que ya reconocían y practicaban con donaire celtibérico las garridas mozas de los coros y danzas de la Sección Femenina.

Lo de la Seguridad Social es grave, pero nos extraña que haya pasado casi inadvertido otra cesión al PNV que, al menos simbólicamente, tiene su importancia: la de los dos paradores nacionales (¿todavía se llaman así?) que hay en territorio chapela, los de Argómaniz y Fuenterrabía. El primero lo desconocemos, pero en el segundo sí hemos tenido el gusto de tomar café, que es la manera con la que los proletarios de la pluma podemos conocer algunos de estos antiguos buques insignia del turismo fraguista, hoy tiernamente demodé con sus lentos camareros-funcionarios vestidos de estampas románticas, sus pesadas cortinas, su gastronomía cristianovieja y sus restauraciones arquitectónicas a lo Disney.

Todo hijo de la primavera demográfica de los 60-70 -cuando los españoles en vez de ver porno lo practicaban- tiene su ruta sentimental por aquellos paradores que vertebraban el país como los gobiernos civiles o las plazas de toros neomudéjares: el de Carmona, con su paella dominguera y sus vistas sobre la Vega más rica de Europa, feudo del patriciado agrícola bajoandaluz; el de Ayamonte, otero de la desembocadura de un Guadiana ya sin apenas fuerzas; el de las Cañadas del Teide, con su arquitectura germana, como si fuese la residencia subtropical de un nazi-probeta... y así un largo etcétera.

Los paradores eran parte de esa experiencia compartida por muchas generaciones que llamamos España. Eso lo sabe el PNV y de ahí el zarpazo. Otra muesca más en la culata del fusil del gudari.

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