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Lluvia de estrellas

Se trata de un lento gotear del cosmos que ilumina nuestra oscuridad y enciende, por un momento, nuestra dicha

Vuelven por estos días las Perseidas, las Lágrimas de San Lorenzo, la fastuosa y melancólica lluvia de estrellas, que caen sobre nosotros mediado ya el agosto, y que deben su nombre, Perseidas, a que parecen emanar de la constelación de Perseo, donde las Pléyades, las Cabrillas otoñales, centellean vagamente sin que el observador sepa concretar, mirando de soslayo, su número y su contorno. En realidad, como ya sabrá el lector, las Perseidas son el rastro polvoriento de un cometa, el Swift-Tuttle, cuya órbita cruzamos por estas fechas, y cuyo resultado, tan esperado, son estos fuegos celestes que nos recuerdan, a partes iguales, la consunción de nuestros días y la maravilla del mundo.

Otro día, si les parece, hablaremos de la eficacia insomne de los japoneses como buscadores y descubridores de cometas. Todavía en el año 10 del siglo pasado, cuando nos visitó el Halley, algún parisino asustadizo se arrojó al vacío tras conocer que en la composición de su cola se había encontrado cianuro, pero en cantidades tan insignificantes, ay, que resultaron inocuas. Luego, en el 86, el Halley no pasó de ser una breve bola de algodón, perdida en la noche inverniza... El hecho, en cualquier caso, es que los meteoros siguen sobrecogiendo al hombre del siglo XXI, como aquella estrella candente y enigmática que había guiado a los Magos del Oriente por sobre el desierto, y que Giotto, catorce siglos después, pintará al fresco en Padua con la suntuosa veracidad de un cometa.

De mi lejana infancia recuerdo ahora las noches en que esperé la lluvia de estrellas, las fieles Perseidas, anotando su trayectoria en un mapa celeste. Las más inusuales eran las de color verde, mientras que las más honestas y atropelladas eran de un vivo color rojizo. Por el efecto Doppler sabemos dos cosas de considerable importancia, no exentas de una solemne poética. Sabemos que el universo se expande porque la luz, en su incesante viajar, tiende hacia el rojo. Y sabemos, por eso mismo, que la luz se fatiga, y que al alejarse de nosotros se apaga lenta y pudorosamente, como un animal herido.

Las lágrimas de San Lorenzo serían, pues, las lágrimas que lloró el cielo, o el propio mártir de la cristiandad, una vez que ascendió junto a su dios, después de haber sufrido en la parrilla. De aquel terrible e inhumano fuego queda, no obstante, este ascua fenomenal que nos visita cada año. Se trata de un lento gotear del cosmos que ilumina nuestra oscuridad y enciende, por un momento, nuestra dicha.

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