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Relatos de Verano

Gota fría

Carmen Camacho es poeta, editora literaria y profesora de escritura creativa. Desde 2016 colabora como columnista en este diario. 'Zona Franca', 'Campo de fuerza' y 'Vuelo doméstico' son algunos de sus libros de poesía, aforismos y microrrelatos. Ha editado Fuegos de palabras (Fundación José Manuel Lara), antología de referencia sobre el aforismo poético español. A lo largo de esta semana, Camacho nos entrega siete relatos donde se dan cita lo fantástico, la distopía y la crítica social. El relato de hoy narra un baño -mejor dicho, un chaparrón- de humildad.

Gota fría Gota fría

Gota fría / Rosell

De repente comenzó a granizar. Trozos de hielo del tamaño de canicas. Cuando predije en el grupo de Whatsapp que nuestra primera quedada iba a ser inolvidable no me refería precisamente a esto. Después de años sin reunirnos, estaba deseando contar en persona a mis ex compañeras del insti todos mis éxitos, hablarles de lo bien que me iba con mi it boy, Llei Llei -se llama Juan José, pero yo lo llamo por las iniciales, llei-llei, es decir, jota-jota en inglés- y hacernos fotos juntas para subirlas a Instagram. Sofi había propuesto no decir a nadie el lugar donde íbamos a pasar el finde hasta estar allí. La mejor forma de revelar el secreto -propuse- era subiendo una foto espectacular a mis stories. Para la ocasión escogí un biquini de Miss Darling, la máscara de pestañas waterproof de Gludeline, la pamela by Cuca&Cuqui, las gafas de sol de Summertime. Les estaba explicando a las chicas mi look cuando, de pronto, el cielo tronó con estrépito, como riéndose malvadamente de mí. Aquella tormenta de verano llegó para arrasarlo todo.

Al principio la situación fue divertida -"¡Ana! ¡tu mochila!", "El móvil, tía", "Arrrg", "Jajaja", "Corred, chicas, vamos a la pérgola del embarcadero", "¡No te metas bajo la sombrilla, Sara, que te va a partir un rayo!". Hice caso. Salí del parasol y corrí hasta alcanzarlas. Fuimos las primeras en llegar a las amarras. Se nota que hago running. Los demás bañistas no tardaron en llegar a nuestro lado. La playa entera estaba refugiada bajo las velas tersas de aquel puertito en el que, junto al par de yates que le daban lustre, atracaban barquitas e incluso unos hidropedales de lo más vulgar. A nuestro lado se pusieron unos chicos muy monos, un lugareño que olía a pavesa y sardinas, la que nos vendió las Cocacolas, lo más cool de la zona pero también lo más bluf. A pesar de la multitud, había cierto silencio, la gente hablaba bajito como si no quisiera interferir en el estruendo de la lluvia. Dice mi profe de yoga que he de trabajar la aceptación, así que, en aquel preciso instante, lo reconocí ante mí misma por vez primera: no me sentía cómoda cerca aquella mujer que tenía al lado con su bebé en los brazos. Era evidente que después de dar a luz se había descuidado. Ni con aquel señor de barriga dura y bigotillo de contable. Ni junto a aquellas chavalas de allá, súper de pueblo. Sofi, la verdad, siempre me pareció un poco choni. "Reconócelo Sara, no soportas a la gente humilde -dije para mí-. Se puede ser pobre pero, ¿humilde? ¡Jamás!".

Andaba absorta en estas cosas cuando el "¡mirad, mirad!" en la voz de Clara hizo dirigir la vista de todos los presentes hacia donde ella apuntaba con el dedo. "¡Mirad a aquellos de allí!". Luchando contra los elementos, un hidropedal se acercaba a puerto. Las demás embarcaciones habían llegado hacía un buen rato; muy probablemente ésta venía de la cala bordeando la piedra grande. A esa cala no se va a hacer nada bueno. El hidropedal zozobraba. Las figuras espasmódicas de los dos que pedaleaban se iban dibujando poco a poco, cada vez con más nitidez, mientras se aproximaban. Eran la típica parejita.

Illa illa illa! -dijo Sofi, sacudiéndome un brazo muy agitada-. Ése que pedalea con otra en el hidropedal, ¿no es tu novio, el Llei Llei?"

Sentí de golpe el corazón al galope, un escalofrío, que las pupilas se me dilataban, que me quedaba de piedra. Una gota fría de sudor blanco me titiló en la frente. No, no podía ser, ¿Mi Llei Llei con otra?, ¿y en hidropedal? Imposible. Como presa de un ataque de vértigo, sin poder articular palabra ni mover un solo músculo, quedé con los ojos como platos asomada a aquel abismo. Un nuevo trueno se volvió a reír de mí. "Seguro que no es él, Sara, tú dirás -dijo Patri, tratando de ayudar-. Mira a ver. Ninguna conocemos a tu Llei Llei más que por las fotos estupendas que cuelgas en Instagram…".

A dos metros de mí no cabía duda: era Llei Llei, mi novio fiel y perfecto, y una tipa, lapidados por el granizo, pedaleando juntos contra viento y marea. En pleno, la multitud del embarcadero se había olvidado de la tormenta para centrarse, interesadísima, en mi historia. La de las Cocacolas se abrió una. Hubo quien hasta se hizo un selfie con mi tragedia de fondo. "¡Eh, tío fresco, te hemos pillao! -gritó Sofi. Llei Llei levantó la mirada y me vio junto a ella, de frente-. Mira cómo se ha quedao tu novia, la pobre, ¡cuajá!". Allí estaba yo, la más in, de una pieza, sin conseguir -y mira que lo intenté- poner cara de cualquier cosa. Nada. Era como si me hubiera quedado sin rostro. En realidad, sólo me había quedo sin careta.

Cuando me vio, Lle Llei dio, literalmente en mis narices, un giro al hidropedal y a su vida. Pegó la vuelta y aguantó en el agua a la intemperie la lapidación de los granizos, la tormenta y el tormento. Cuando amainó la tempestad, las chicas me llevaron temblorosa hasta la furgo. Pataleé y berreé hasta borrar de mis ojos la máscara de pestañas waterproof. Aquella tarde de verano mi novio me dejó sin él, pero también sin mí. Sin mi disfraz de mujer perfecta y escultural. Algunos naufragios te pueden salvar la vida. Hay gotas frías que despiertan. Por primera vez me sentí vulnerable y por primera vez supe de veras que tenía amigas. Ahora salgo con un muchacho nuevo. No es el típico guapo, pero a mí me chifla. Se llama Paco Pepe. Ni loca lo cambio por un Llei Llei.

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