Postrimerías

Esperanza

Vive en nosotros y no morirá del todo, como en el verso de Horacio, mientras vivamos sus discípulos

Con la habitual discreción que la caracterizó en vida, el pasado 22 de diciembre, el mismo día que nos dejaba el médico y humanista Ismael Yebra, murió en Sevilla, su ciudad de adopción, la catedrática de Griego Esperanza Albarrán, sólo unos meses después de que falleciera su hermana Carmen, a la que había cuidado hasta el final con la misma bendita obstinación con la que lo hizo todo. Zamorana de nacimiento y salmantina de formación, doña Esperanza encarnó como muy pocas personas que hayamos conocido el puro espíritu de la instrucción pública, heredera de una tradición por desgracia malbaratada que consideraba el esfuerzo, la exigencia y la forja del carácter como herramientas igualadoras, lejos de la nefasta pedagogía que desde el final del franquismo ha ido vaciando de contenidos los programas de las escuelas, los institutos e incluso las universidades. La lengua de la antigua Grecia fue su vida, nos enseñó a amarla pero nos enseñó también otras muchas cosas, a los cientos de estudiantes que estos días la recordamos en todas las tierras de España. En otro lugar hemos escrito largo sobre nuestra queridísima profesora, de la que conservamos tantos recuerdos imborrables, pero nos quedamos ahora, para conjurar la pérdida y despedirla sin llanto, con una fotografía que incluimos en el cuaderno gráfico del libro de Homenaje auspiciado por su antiguo alumno Alberto Marina, en la que Esperanza y su hermana aparecen sonrientes -ella está preciosa, con su vestido claro y la rebeca sobre los hombros, quizá no le habría gustado escuchar esta apreciación pero así es, Esperanza, está usted preciosa- delante de la fachada neoclásica del Palacio de Anaya en Salamanca, sede de su Facultad de Filosofía y Letras, donde ya entonces, en 1957, impartía clases como interina. Cuánta luz desprenden, las dos muchachas, qué noble determinación en sus jóvenes rostros. Son y fueron siempre la viva imagen del entusiasmo por el conocimiento que heredaron de su padre matemático, al que imaginamos orgulloso de la insólita carrera académica de sus hijas. Muchas veces nos cruzamos con las dos hermanas, o con Esperanza y sus devotas amigas Amalia y Silvia, continuadora la primera de su labor en el Instituto San Isidoro donde nuestra admirada maestra transmitió con ejemplar dedicación las perdurables lecciones de los antiguos, hoy tan alevosa y absurdamente preteridas. Nos cuenta Amalia que Esperanza tuvo la buena muerte que merecía y algo conforta saber que somos muchos los que nos beneficiamos de sus enseñanzas, los que no la olvidaremos nunca. Vive en nosotros y no morirá del todo, como en el verso de Horacio, mientras vivamos sus discípulos.

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