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Encierro

Basta saber que no podemos pasear para sentir unas ganas locas de respirar el bendito aire de los espacios libres

Dejando fuera los viajes privados o profesionales y los gozosos y acostumbrados encuentros con los amigos, que con cierta consciente inconsciencia hemos apurado hasta el último momento, hacemos la mayor parte de la vida en casa y notaremos en menor medida que otros conciudadanos recluidos los rigores de un encierro repleto de incertidumbres. No buscaremos con más motivo la compañía de los libros, como afirman muchos de los que parecen haber descubierto ahora las virtudes terapéuticas de la lectura, porque aquellos nos reclaman desde siempre y no sabríamos ya vivir sin confrontar las experiencias propias a lo que nos dicen -así los antiguos como los contemporáneos, pues el tiempo queda abolido en los estantes de cualquier biblioteca- de nosotros las ajenas. Tampoco echaremos de menos, porque hace mucho que trabajamos solos, acompañados en la distancia por colegas y cómplices no menos solos, la no siempre grata sociabilidad de las oficinas, los departamentos, los talleres o las fábricas. Dejando de lado por un momento su cara más inmediata y dramática, especialmente en lo que se refiere a los ancianos aislados cuya atención debe ser una prioridad compartida por toda la sociedad en su conjunto, así como los devastadores efectos económicos de la crisis que según dicen va a superar con mucho a la que padecimos hace más de una década, este pararse el mundo y el extraordinario silencio que lo acompaña, como si viviéramos una perpetua mañana de domingo, tienen un lado casi voluptuoso que no desmienten las noticias apocalípticas. La extraña paz de estos días remite a las descripciones del cine o la literatura de catástrofes, ese mutis unánime, esa rara devastación en la que todo sigue en su sitio. Los escasos viandantes, como furtivos, recelosos de la proximidad y concentrados en las gestiones de subsistencia, pueden ver que nada ha cambiado alrededor, salvo que apenas se cruzan con nadie por las calles semivacías. En los parques cerrados, en los árboles de las plazas, en las macetas de los patios y balcones se siguen apreciando los maravillosos signos de la primavera temprana, pues la naturaleza, como en las ficciones distópicas, no ha cesado su actividad, indiferente al repliegue de los humanos. Y acaso sea esto lo más duro. Nos pasamos meses sin ver el mar o pasear por el campo o la montaña, pero basta saber que no podemos hacerlo para sentir unas ganas locas de respirar el bendito aire de los espacios libres. O también el del bar de la esquina. Puede sonar frívolo y quizá lo sea, pero después de sólo unos días nada hay que deseemos más que encontrarnos otra vez riendo y dando voces en los santuarios del barrio.

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