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Denunciantes

A diario vemos cómo los resabiados predicadores de la debacle reiteran los diagnósticos desoladores

Incluso los contemporáneos más refractarios a las novedades, poco o nada afines al espíritu de la época que nos ha tocado vivir, debemos admitir que las cosas que menos nos gustan -el ritmo acelerado, la precariedad general, las comodidades que resultan servidumbres, el falso paraíso prometido por los tecnófilos- no impiden que haya otras que o se mantienen en los mismos amables términos de costumbre o han supuesto verdaderos avances, particularmente relevantes para la parte no pequeña de la humanidad que luchaba y lucha por la mera subsistencia. Oyendo, por el contrario, a esos señores permanentemente enfadados que echan pestes de todo a todas horas, parecería que viviéramos en el peor de los mundos, como si viniéramos de edades en las que la sabiduría, el progreso y la fraternidad eran la norma. A juicio de los denunciantes del presente malogrado, felices en el fondo de chapotear en la ciénaga, atravesaríamos un estadio calamitoso de la evolución que no puede llevar sino al desastre. Solía decirse que la queja no trae prestigio, pero de hecho hay quienes se construyen una reputación a base de prodigar dictámenes condenatorios que no necesitan, para ser apreciados por los adictos a cierta clase de masoquismo, estar sustentados por reflexiones que merezcan ese nombre. Si traemos la cuestión al ámbito de la cultura, vemos a diario cómo los resabiados predicadores de la debacle reiteran los diagnósticos desoladores, complacidos de habitar un escenario que describen con trazas apocalípticas: los periodistas están a sueldo del gran capital, los lectores no consumen más que subproductos precocinados, no se escriben novelas como las de antes, los poetas ya no saben componer versos, el negocio editorial está más corrompido que nunca, la crítica es sólo publicidad encubierta, etcétera. Basta abrir de vez en cuando un diario o una revista o un libro, sin embargo, entre tantos valiosos como se publican o son recuperados todas las semanas, para darse cuenta de que semejante impresión no se corresponde con la realidad, en el sentido de que refleja sólo una parte de ella, la que conviene a los que piensan que ellos son los últimos custodios de la virtud o de la excelencia y que los demás, pobres mentes reblandecidas, no están a la altura. Y resulta hasta conmovedor que no pocos de los afligidos analistas que impugnan de un modo tan severo y contundente la imparable degeneración del ecosistema literario sean editores o escritores o críticos o lectores mediocres, que por supuesto se consideran a sí mismos -porque ellos no son idiotas ni se han vendido al mercado ni han perdido el buen juicio- la excepción que confirma la regla.

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