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Crónica Personal

Censura con marcha atrás

En lugar de censurar el pasado, miremos el presente, donde se producen hechos inaceptables

El siglo XXI no es como para presumir, han llegado al poder dirigentes mediocres, con escasas excepciones, y la sociedad se mueve a golpe de filias y fobias absurdas que intentan disimular con revisiones del pasado aún más absurdas. Lo último ha sido que HBO ha retirado de su cartelera la película Lo que el viento se llevó por racista. Es racista, pero ¿no lo era la sociedad sureña americana hace siglo y medio?

La película describe un episodio de la historia americana, que a su vez forma parte de la historia del mundo. Esta censura con marcha atrás no tiene ningún sentido, porque se comienza acusando de racista una película de hace ochenta años y se termina cuestionando las decisiones de los grandes movimientos políticos y culturales que se han producido a lo largo de la historia y que gracias a ellos somos lo que somos. Se elimina de un catálogo Lo que el viento se llevó y, con esa regla de tres hay que eliminar películas en las que las tontas son siempre rubias, los homosexuales depravados -que las ha habido-, habría que quemar El hombre tranquilo donde John Wayne lleva a rastras a una Maureen O'Hara que intenta imponer su criterio, hay que mandar al infierno a John Houston por presentar siempre a los indios como demonios y, además de destrozar estatuas de Colón como han hecho en Estados Unidos por considerarlo genocida, habría que hacer lo mismo con los grandes guerreros que se consideran heroicos. Tendrían que destruirse las películas y libros que recogen las gestas de los emperadores que agasajaban a su pueblo con luchas entre gladiadores y animales feroces, las hazañas de los conquistadores o las intrigas de reyes y reinas que asistían impertérritos a la ejecución pública de sus súbditos. Abominemos de los dirigentes revolucionarios de cualquier época, no hay uno que no haya cometido salvajadas.

En lugar de censurar el pasado, miremos el presente, donde se producen hechos inaceptables, como esa política que tanto gusta a Irene Montero y que se carga el feminismo como movimiento que promueve igualdad de derechos entre hombres y mujeres; o la obsesión porque paguen sus culpas personas que ya no están entre nosotros, en lugar de dedicar esfuerzos a que paguen quienes sí lo están y siguen haciendo fechorías. La sociedad del siglo XXI está cayendo en el ridículo y este último ejemplo lo demuestra muy abiertamente: se empieza prohibiendo una película antigua y se acaba, como el nazismo, quemando los libros que no son políticamente correctos.

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