EL DÍA DE CÓRDOBA En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

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Participar en un acto de pura gratitud es algo que nos ennoblece como comunidad

Alos que se ríen de la frase -ese tópico- que dice que la vida es siempre mucho más poderosa y caprichosa e inventiva que cualquier ficción, convendría preguntarles quién podría haber imaginado, hace sólo diez días, que medio mundo -la India acaba de anunciar el confinamiento de mil millones de personas- iba a vivir encerrado en sus casas, sin más posibilidades de salir a la calle que para ir a tirar la basura o pasear al perro. Pero aquí estamos. Llevamos diez días y todavía no sabemos cuánto tiempo vamos a pasar encerrados. Y nuestra vida de confinados no es nada comparada con la de los médicos y sanitarios que se están partiendo los cuernos en los hospitales, muchas veces sin el equipamiento necesario y en condiciones inimaginables. Y tampoco podemos olvidar a todas las personas -madres, padres, tíos, abuelos, familiares- que tienen que convivir con niños o adolescentes en un encierro que cada día se vuelve más claustrofóbico. Ni a los empleados de supermercado -el otro día me crucé con un reponedor que cantaba sevillanas mientras colocaba bolsas de ensalada en las góndolas- que hacen su trabajo con buen humor y amabilidad y entrega, a pesar de que ellos están más expuestos que cualquiera de nosotros a atrapar el virus. Y si a las ocho de la tarde salimos a los balcones y a las azoteas, o nos asomamos como podemos a la calle, es para aplaudirles y darles las gracias y apoyarlos y decirles que les agradecemos lo que están haciendo por nosotros. Es lo mínimo que se merecen.

No sé ustedes, pero aplaudir a esa hora depara una maravillosa liberación de endorfinas. Estamos tan acostumbrados a vivir en el mundo de la queja perpetua y de la búsqueda desesperada de casito por cualquier banalidad que creamos haber hecho, que participar en un acto de puro desprendimiento y de pura gratitud -dos virtudes casi olvidadas- nos devuelve a un estado de inocencia que nos ennoblece y nos mejora como individuos y como colectividad. Nos han hecho creer que todo consistía en decir que no, en enfurruñarse, en reclamar, en gritar, en hacerse el tonto y en exigir atención, pero ahora resulta que no somos nada más que ínfimas motas de polvo que flotan olvidadas en sus casas. Y al salir al balcón, a las ocho de la tarde, sólo para aplaudir, sólo para dar las gracias, de repente volvemos a ser criaturas de luz en medio de este sórdido mundo de tinieblas.

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