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Atrapados en el caos

Todo son señales de un fin de ciclo, del final de los acuerdos sociales elementales que han hecho progresar a España

Una circunstancia imprevista me lleva en taxi al centro de Madrid sin reparar en que ese día y a esa hora tenía lugar la Sesión Solemne de Apertura de la XIV Legislatura en la Carrera de San Jerónimo. Colapso circulatorio, enorme caos provocado por quienes se limitan a cortar las calles que les parecen convenientes sin prever alternativas. El taxista, desesperado, me asegura que nadie había advertido de los cortes por las Cortes, hagamos el fácil juego de palabras.

En medio del barullo me da en pensar hasta qué punto mi situación no es una casi perfecta alegoría de la del país, y me siento un Juan Español dispuesto a sufrir lo que sea sin perder las formas y, si es posible, manteniendo incluso el buen humor. La Legislatura, que el lunes comenzó con su crónica menuda de anécdotas para la hemeroteca-desplantes de unos hacia otros y de muchos hacia el Rey, simple mala educación residual del republicanismo orate de siempre-, ha cosechado ya un número de escándalos y tropiezos que en condiciones normales hubiera llevado a una crisis gubernamental antes de llegar a esta Sesión de Apertura. Conviene, sin embargo, acostumbrarse, porque nos tememos que ello va a ser la norma de un Gobierno con las características y apoyos que nos toca sufrir. Pronto, lo veremos, no serán ni noticia, porque cuando el caos reina la única nueva interesante es su final.

Por la tarde, de la misma manera fortuita que me llevó al monumental atasco matutino, acabé cenando con un pequeño grupo de diputados andaluces, ajenos por completo a lo que su kermesse en el Congreso había supuesto a Juan Español. Ellos, como todo el mundo, prevén una legislatura corta y un futuro complicado e incierto en el que cualquier cosa puede llegar a pasar. Todo son señales de un fin de ciclo que se acelera en la medida en que van siendo dejados de lado los acuerdos sociales elementales que durante décadas, desde mucho antes de 1978, han hecho posible el progreso y la relativa paz de España. Las graves palabras del Rey, aunque decepcionantes para los que le pedimos más y sabemos que él podría dárnoslo, han advertido de los peligros que acechan al futuro y a la convivencia, pero los españoles somos cada vez más sordos o nos lo hacemos.

Y a todo esto, para que a la salsa no le falte perejil alguno, el tremendo hachazo de las cifras del paro del mes de enero. La revolución, a veces, es una fiesta; el caos, nunca.

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