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Análisis

rogelio rodríguez

Una oposición débil, torpe y extrema

Está escindida y carece de estrategia, de intuición, de nervio político y de liderazgo

El liberalismo democrático está en la inopia. Acaba de arrancar la legislatura y el centro derecha da muestras de que perderá pronto el tren. Hasta parece desconocer quién lo conduce. El PP, como antes Ciudadanos, ha desatendido el espacio templado, vivero de ganadores, y vacila a rebufo de la derecha montaraz que simboliza Vox, para goce del Gobierno PSOE-Podemos y sus rufianes socios independentistas. Las bolas de las brujas prevén nuevos fracasos a las formaciones con mesura ideológica, no porque aumente el electorado de los partidos que gobiernan, sino porque fraccionan o ahuyentan al propio. La oposición constitucionalista, además de estar escindida, carece de estrategia, de intuición, de nervio político y de liderazgo.

No es fácil sortear los frentes que a cada paso abre la coalición de izquierdas en el Gobierno. Se necesita agudeza ocular, ajustado criterio y solidez estructural para no accidentarse en las espesas brumas que emiten los partidos en el poder y sus aledaños. Pero esa dificultad, vilmente programada, no justifica la incapacidad, sobre todo de los populares en su calidad de principal alternativa, para cercar a un Ejecutivo, prisionero del soberanismo, que ofrece flancos fatídicos para cualquier adversario con lucidez y media pegada.

Una oposición débil y agobiada, que esta semana no ha sabido coger por la pechera un caso tan insolente como el Delcygate; que no ha logrado articular un debate macizo que desarbole ante la opinión pública a un Gobierno que niega información, que manipula, que miente a la ciudadanía y miente al Parlamento. Con preguntas de merengue caducado como la que, a estas alturas, hizo el líder el PP, Pablo Casado, al presidente del Ejecutivo sobre "si está dispuesto a respetar el Estado de derecho" no se hace camino como jefe de la bancada opositora. ¿Qué respuesta preveía Casado?

Y mucho menos se obtiene crédito con intervenciones tan zafias como la del diputado popular José Ignacio Echániz para rebatir la toma en consideración de la ley de eutanasia. Argumentar la negativa del PP a negociar esa ley, que, dicho sea, cuenta con un significativo respaldo social, acusando al Gobierno de querer "ahorrar en pensiones y en tratamientos médicos" es de una torpeza bruta tan delirante que incluso ha provocado estupor en destacados sectores de su partido. Existe cierta confusión entre ley de cuidados paliativos y eutanasia y el diputado Echániz pudo haber sorteado mejor el trance evocando esa ciencia que trabaja para alargar la vida y no para acortarla. Al menos el PP no habría quedado en situación tan desairada, como ocurriera con el divorcio, el aborto o el matrimonio homosexual, leyes contra las que orquestó movilizaciones y, sin embargo, luego mantuvo sin empacho cuando recuperó el Gobierno.

Vox ha logrado desequilibrar al PP, lo ha dividido y forzado a extremar su discurso, a que escenifique su presunta renuncia al voto de centro. Vox es el otro gran aliado del PSOE de Sánchez. Solo ERC le estrecha la manga al presidente. Su Waterloo depende de Junqueras y, de momento, existen razones para no descartarlo.

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