Análisis

FÁTIMA DÍAZ

¿A nadie le amarga un dulce?

Dijo Jesús Vázquez en un momento del primer programa de Bake off a principios de marzo algo así como "las manos arriba no, que esto no es MasterChef". Fue un buen intento del presentador todoterreno de Mediaset para disimular que, a la hora de hacer la versión española del célebre concurso de postres británico, se han inspirado demasiado en "la cumbre" de los talent show culinarios. Y no me refiero al consabido formato de tres pruebas que determinarán, al final, a un expulsado ya que es el esquema común de este tipo de programas. Sino porque en Bake Off España existe una continua sensación de estar viendo un MasterChef especializado en postres por cómo se ha planteado todo el concurso.

Esto, sobre todo, si lo comparamos con The Great British Bake Off, el programa original y originario de la BBC (y que recientemente se ha mudado a Channel 4), que se convirtió en un abrir y cerrar de ojos en uno de esos programas que paralizan a un país entero. Acostumbrados a este formato que concede títulos inventados a aficionados, este espacio puede no resultar sorprendente pero, sin duda, atrae a los espectadores golosos. Doce concursantes, diez entregas, tres pruebas por emisión y un premio final de 50.000 euros es lo que ofrece esta adaptación del formato británico en el que se basa.

Quizás ya hemos visto muchas cosas similares (también Maestros de la costura), quizás le falta ritmo y suspense, quizás es que la cadena lo ha maltratado cambiando tres veces su horario de emisión (por ahora) o quizás le sobra dramatismo y le falta autenticidad (de reality). En cualquier caso, lo cierto es que en Bake off España no encuentro la dulzura que promete y, por muy suculentos que parezcan sus postres, ni el jurado, ni los concursantes ni el presentador consiguen hacerme dejar de bostezar.

La estructura está ahí, sí, pero la versión original tiene cierta tranquilidad e incluso sobriedad en la presentación, sin olvidar el alivio cómico que proporcionan las presentadoras (Sue Perkins y Mel Giedroyc en sus primeras etapas), que es ignorado por Mediaset.

Comenzando con el casting, que es básico en todo talent, en el formato español los concursantes parecen más sacados de Gran Hermano que de un proceso de selección que busque a los mejores reposteros. El nivel es mediocre y el ambiente, tirando a tróspido, que para eso estamos en Cuatro. Sumemos a esto que los jueces son duros y hay un poco de ganas de ser los malotes de turno y de querer darse a sí mismos más protagonismo del que les corresponde. Además de un Jesús Vázquez que no aporta nada (y nos quejábamos de Eva González). Una pena, porque podíamos haber disfrutado de un talent show diferente en prime time, pero tenemos más de lo mismo... sólo que más dulce.

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