Análisis

la gloria de san agustín

Gachas

Ya no se estilan tanto como antes, que es una cosa más de otro tiempo, según veo, pero antes en todas las casas de Córdoba se hacían gachas cuando llegaban los Santos, que es uno de los postres más ricos que he comido en mi vida, pero tela. A mi madre le salían de lujo, que yo no dejaba ni que se enfriasen, que hasta quemándome la boca ya estaba con la cuchara liado. Ahora en los Santos los chavales se disfrazan como si fuera Carnaval de cosas muy raras, que supuestamente nos deben meter miedo, y van por las casas pidiendo caramelos, como se ve en las películas de los americanos. Anda que vamos a ver nosotros a los americanos haciendo un perol, preparando un salmorejo o comiendo gachas, vaya que sí. Pero los españoles somos así, unos noveleros, como se ha dicho toda la vida, que nos encanta lo último que nos llega y lo cogemos con tantas ganas que parece que llevamos haciéndolo toda la vida, que eso es así, que ya saben ustedes que no estoy exagerando en nada, pero en nada. Yo, qué quieren que les diga, hay cosas que no puedo entender por mucho que me empeñe o por mucho que me lo expliquen, porque yo no digo que no disfrutemos de lo que nos viene de fuera, no, lo que digo es que no dejemos de disfrutar de lo nuestro, que es tan bueno como lo de fuera, como poco, y seguramente será hasta mejor, que no tenemos que envidiarle nada a nadie, que el tiempo de los complejos ya se acabó.

Pero volviendo a las gachas, que me he puesto morado en estos días, por cierto, he de reconocer que me vuelven loco. Mi hermana las hace con la receta de mi madre, y son una locura, con ese pan frito, esas nueces y esa miel que forma un almíbar que se te queda en la garganta. Me acuerdo que nos las comíamos después de que mis padres volvieran del cementerio, que se iban bien temprano a limpiar las lápidas de mis abuelos y a poner flores frescas. La verdad es que yo soy poco de cementerios, que me sientan nada más que regular, que me pongo muy flojo y hasta noto que me falta el aire. Yo prefiero recordar a mi madre, por ejemplo, por sus gachas, y por todas las cosas dulces que hacía, o por cómo me trataba, y no sé si me estoy explicando, que me quedo con los buenos recuerdos y el cementerio me traslada a los tristes. En fin, que estas cosas cada cual las lleva como puede o quiere, que lo importante es seguir para adelante, como es normal. Y si puede ser con algo dulce, mejor.

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