• Tras el ciclo de Feria, la ciudad ha quedado con ganas de más; ahora solo hace falta seguir empujando

  • El milagro lo ha hecho la empresa y hay que remar en la misma dirección

Toros

Córdoba no estaba muerta, simplemente dormía

Finito de Córdoba escribe una página de oro con el capote. Finito de Córdoba escribe una página de oro con el capote.

Finito de Córdoba escribe una página de oro con el capote.

Miguel Ángel Salas

La Córdoba taurina estaba dormida. Lo estaba profundamente, vegetando, y con las constantes vitales bajo mínimos. La muerte la acechaba y el final, desmerecido por su historia, estaba cercano. Lo que acontecía en el Coso de los Califas no tenía repercusión ninguna. Todo era tenebroso. Los festejos se celebraban rutinariamente con la afición, y población, de espalda a ellos. Pero cuando nadie lo esperaba, precisamente en unos momentos más que difíciles, Córdoba despertó de su letargo, convirtiéndose durante unos días en referente de todo lo que gira en torno al denominado Planeta de los Toros.

Córdoba volvió a sonar. El trabajo, la dedicación, el desvelo y por qué no decirlo, también un toque de cariño, hicieron el milagro. El sanador tiene un nombre. José María Garzón, cabeza visible de la empresa Lances de Futuro, que desde el pasado año rige los destinos del coso ubicado en la vieja Huerta de la Marquesa. Cuando nadie daba un duro por celebrar festejos taurinos, Garzón dio un paso al frente. El día 12 de octubre, la plaza de toros de Córdoba fue el único coso de primera categoría que abrió sus puertas. Este año no iba a ser menos y Córdoba ha sido la primera plaza de máximo nivel, que ha organizado una feria taurina con todo en contra.

Garzón ha superado mil y una vicisitudes para poder lograr su objetivo. Ha luchado contra viento y marea, o lo que es lo mismo, contra el sistema político y el lobby taurino que pretende acabar con todo lo que le molesta. Los políticos hasta última hora no abrieron la mano, luego aparecieron en el tendido para apuntarse el mérito. Tanto es así que con el taquillaje a la venta, autorizó la ampliación del aforo, precisamente cuando el margen de maniobra era ya mínimo.

Aún así, Lances de Futuro, dio el paso al frente y ha demostrado con creces que con voluntad y trabajo todo es posible. Récord, en relación a otros años, en la venta de abonos y el cartel de no hay billetes, con el aforo permitido, en las dos corridas de toros. Garzón y Lances de Futuro han devuelto la vida a Córdoba, ahora solo hace falta que Córdoba siga respondiendo, para que esta resurrección tenga continuidad y no quede en un espejismo.

El ciclo de mayo se inició con una novillada picada. Gesto plausible a la empresa, pues los festejos menores han desaparecido prácticamente de los carteles de las grandes ferias, lo que motiva el estrangulamiento del proceso natural de la carrera de un torero. En ella se jugaron utreros de la ganadería de Fuente Ymbro que no resultaron los más propicios para el lucimiento. Ante ellos tres novilleros con oficio más que suficiente para más altas cotas.

Sobresalió el francés Rafael Raucoule, me resisto a llamarle El Rafi, que así es como se anuncia, porque suena a niña cordobesa. El galo cortó una oreja por una labor larga, voluntariosa y sobre todo en la que mostró que tiene el oficio bien aprendido. La alternativa en Nimes ya la tiene a la vuelta de la esquina. También gustó Tomas Rufo. El novillero toledano tiene unas formas rotundas y clásicas de su toreo, lo que le supuso el aval en obtener otro trofeo en el que cerró la tarde.

El paisano Lagartijo volvió a mostrar su toreo valiente, sin alharacas, seco, un toreo macizo que precisa un animal de más pujanza. La espada le privó de un triunfo que todos deseaban.

El sábado tuvo lugar el festejo que más expectación levantó. Diego Ventura, máxima figura del torero a caballo en la actualidad, cumplió el expediente. Encuentra toro en cualquier sitio de la plaza y con una cuadra más que preparada cortó dos orejas, una en cada toro, sin aparente gran esfuerzo.

En esta ocasión los murubeños de Los Espartales no resultaron lo aptos que el caballero luso-sevillano hubiera deseado. Volvía Roca Rey a los ruedos tras dos años. Regresó como se fue. Poderoso, fácil, valiente, encontrando toro en cualquier sitio y con unas ganas enormes de demostrar que quiere ser un torero de época. Cortó una oreja a su primero, aunque le pidieron las dos, pero la presidencia estuvo firme.

Con una estocada caída no se pueden cortar dos orejas en Córdoba. Las pudo cortar en su segundo, un sobrero de Parladé que resulto a la larga ser el mejor toro de la feria, pero en esta ocasión los aceros no viajaron con buen tino y todo quedo en nada. En su debe hay que decir, que si quiere de verdad ser figurón del toreo, no debe de dormir tanto los tiempos.

Un pase de Roca Rey en los Califas. Un pase de Roca Rey en los Califas.

Un pase de Roca Rey en los Califas. / Miguel Ángel Salas

Esa impostada despaciosidad, en ocasiones rayando en la chulería, no es beneficiosa para un espectáculo que precisa de dinamismo, para que el hilo conductor con el tendido no se rompa nunca.

Pablo Aguado estuvo a medio gas. Cierto es que sus toros no fueron los más propicios para su toreo. Aguado debe de tener claro que para brillar tiene que dar un paso al frente. Los detalles, por muy bellos que sean, solo serán detalles. El sevillano ha demostrado que con veinte pases y una estocada se les pueden cortar las orejas a los toros. En él está el continuar con la línea que ilusionó una tarde abrileña a toda una afición.

El domingo se vivieron los momentos más emotivos del serial. Lástima que los podridos toros de Juan Pedro Domecq se encargaran de echar por tierra el festejo. Dos toreros, de corte denominado artista, se estrellaron, a pesar de su buena voluntad, con un encierro carente de todo. En el pecado llevan la penitencia.

Las figuras, y sus entornos sobre todo, exigen estas ganaderías tarde tras tarde, naufragando una tarde sí y otra también. ¿Hasta cuándo? Ellos tienen la respuesta. El oasis en la mitad del desierto, vino en el tercero de la tarde. Finito de Córdoba cinceló con el buril de plata, en forma de sedoso capote, un monumento al toreo a la verónica.

Lances sentidos, puros, clásicos, de esos que se graban en la retina y no se olvidan nunca. Fue, como ha quedado dicho, un oasis en el desierto. El capote de Finito hizo crujir los cimientos de la plaza y escribir una página, y van, de oro en la historia del Coso de los Califas.

Morante tampoco anduvo a la zaga con el percal. ¡Vaya dos capotes! Pero poco más. Detalles pintureros, repletos de la gracia de la escuela sevillana, tintados con ese toque añejo que rememora la edad de oro del toreo. Los toros, los que ellos quieren, dieron al traste con todo.

Córdoba ha quedado con ganas de toros. Ahora solo hace falta seguir empujando entre todos. El milagro lo ha hecho la empresa, si todos los estamentos reman en la misma dirección, de seguro Córdoba volverá a reverdecer aquellos laureles que jamás debimos, entre unos y otros, permitir que se marchitaran.

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