Pedro Sánchez y Albert Rivera, poco antes de reunirse en febrero de 2016, dentro de la ronda de contactos del líder socialista para formar Gobierno. Pedro Sánchez y Albert Rivera, poco antes de reunirse en febrero de 2016, dentro de la ronda de contactos del líder socialista para formar Gobierno.

Pedro Sánchez y Albert Rivera, poco antes de reunirse en febrero de 2016, dentro de la ronda de contactos del líder socialista para formar Gobierno. / Javier Lizón (EFE)

Son momentos de reflexión, de guardarse los ases en la manga, como el de bastos (el morado, la baza natural...); o el inopinado, el de oros, el del Íbex 35 (la baza trágala). En la guerra todo vale. Como en el amor. Y Pedro Sánchez, el guapo, lo tendría muy feo si se pusiera a flirtear descaradamente antes del 26 de mayo en busca de un buen partido para mantenerse en el poder. Por ahora no quiere atarse con nadie, no fuera a ser que si entregara algún anillo de compromiso perdiera (de)votos por la derecha o por la izquierda.

El líder socialista ha demostrado estar muy al tanto de que en boca cerrada no entran moscas. No ha sido el caso de la de Albert Rivera. Ni de la de Pablo Casado, que la abrió en campaña hasta el punto de que en un alarde de imaginación entornó insensatamente a Vox la puerta para que se sentara en su apócrifo Consejo de Ministros. Luego llegó el baño de realidad de las urnas y la contrición para redimirse de su mimetización con la "ultraderecha", como llama ahora a sus pretendidos socios de gobierno. En justa reciprocidad a sus cariños, los reconquistadores le han obsequiado con su último descubrimiento: "Ya teníamos la veleta naranja y ahora tenemos la veleta que, además de cobardita, es azul", rezongó este miércoles el secretario general de Vox, Javier Ortega Smith.

El desamor con el electorado del PP es tan manifiesto como el ataque de incoherencia que está sufriendo Casado, que ahora se esfuerza en volver al centro en busca de la reconciliación, aunque al haber pensado una cosa y decir otra en cuatro días, empieza a parecerse a una escopeta de perdigones que dispara sin ton ni son y a esa piedra de Sísifo de la que habla ahora Aznar, que culpa al mundo del patinazo de su vástago político censurando a los votantes de su cuerda su "temeraria ignorancia" de las reglas electorales al negarle el pan y la sal al PP tras la "suicida canibalización" del volcánico magma de la derecha.

La patata caliente la tiene ahora (digo tras el 26-M) Sánchez. "¡Con Rivera no!", ha tronado Ferraz. El artículo 53.2 de los Estatutos socialistas reza que la militancia debe ser consultada sobre los acuerdos de Gobierno en los que sea parte el PSOE, así que si el jefe se planteara ese inverosímil matrimonio de conveniencia ¿en ciernes? no parece que vaya a tener mucho futuro.

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